Frios y calientes

Frios y calientes
Monica Menchaca

La pornografía poco tiene que ver con el sexo y más con la compra-venta de los roles eróticos y sexuales en el mundo, tiene más que ver con la experiencia del placer en el mundo sólo por medio del sexo pagado, igual que muchas obras de arte y muchos objetos del campo estético, comunes y corrientes, obviados y pagados de sí a través de sus normas y la forma como se nos imponen. Curiosamente la Real Academia de la Lengua (*) define la pornografía como lo obsceno representado por medios artísticos, por lo que la representación artística de lo pornográfico, resultaría una tautología y de cierta forma una reterritorialización invertida del recurso a lo sexual. No sólo pornografía y arte invertidos, sino sexo y mundo invertidos, entendiendo esto como la inversión de los roles en el caso del arte y la pornografía y en la ascepción económica de “invertir”, en la relación del sexo y el mundo, es decir la experiencia sexual comprada en el mundo, un mundo que invierte preferentemente en y por el sexo.

Pagar por sexo y pagar por obras de arte, comprar sexo y comprar arte, sexo que paga el arte, arte que paga el sexo; pocas combinatorias cuajan tan bien en nuestro mundo; pornografía que da cuenta de la excitación que produce el sometimiento, dinero para cumplir el sometimiento deseado o deseo de poder someter, dinero para poder someter; escenificación de la violencia y violencia escenificada como pornografía:

El cadaver de un criminal dejado en ropa interior por el ejército, adornado con billetes ensangrentados, excitación producida a tal nivel que ninguna teta, pene o nalgas en una revista pueden igualar, mensaje explícito que se desdobla inerte una vez que es recibido, como las imágenes pornográficas, destinadas a la soledad del ser que suplanta el placer por la representación del sexo, dejando insensible y también bastante parecido al cuerpo muerto, el cuerpo descargado en el orgasmo solitario: frío pseudo post-coital que se repone poco a poco hasta que vuelve a desear su objeto, deseo de objeto pero que sea imaginario y esté cotizado, deseo de pagar para desvirtuar el objeto con el poder de la compra y hacerse uno con ello, por ende deseo de ser comprado, deseo de reproducir al infinito las relaciones de sometimiento, placer de ver el mundo sojuzgado e identificarse plenamente con el rebajamiento a objeto, pagar el precio de nuestra propia objetualidad sometida y cotizada, cotizarnos para poder ser sometidos bien y bonito, bien rico…

Tomas Hache/www.arteven.org

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