En torno al dolor

En torno al dolor

La muerte siempre nos arrebatará el aliento. Metafóricamente a los vivos y, tristemente, a quienes ya no pronunciarán una palabra más. Pero cuando no la esperamos, su llegada sobrecoge el alma. La sentimos devastadora, nos deja desnudos frente a nuestra vulnerabilidad. Seguimos creyéndonos eternos porque, de otra manera, la vida pierde sentido. Son las paradojas de la existencia: saber que moriremos y vivir como si fuera para siempre.

Lo accidental, nos dicen, hay que considerarlo y preverlo, sin embargo, no somos capaces de ello. Otro buen consejo de la experiencia que sirve para nada y sí aumenta los pendientes en la vida. Tomar precauciones, prevenir lo que sucederá a nuestra muerte, con el fin de que el infortunio no sea desmedido para los otros.

A pesar de todo, no es más que eso: desmedido, nuestros amores sufren, nuestros proyectos terminan, nuestra sonrisa ya no responde a otras. Desmedido el dolor por la muerte de una madre, un padre, los hermanos, los hijos, el amante, la amiga. Inconmensurable.

¿Qué es exactamente el dolor? Tal vez, la experiencia más humana, más constante, más provocadora de locura, de búsqueda, de inquietud. Lo que nadie quiere, salvo aquellos dictaminados como masoquistas, que a lo mejor son mucho más numerosos de lo que me atrevo a creer. El término dolor es definido en la más reciente edición del Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española, basado en su etimología latina (dolor-oris), como: “aquella sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior” y también como “un sentimiento, pena o congoja que se padece en el ánimo”.

Por dolor la gente se ataranta; por dolor, los rencores se muestran hasta en los mejores momentos. Quizás eso es lo que los hace aflorar. Aunque sus flores sean más bien cómo ahuates, puras espinitas. Importa recordar que el dolor es señal de alarma y así habría que mirarlo. Preguntar: ¿Qué pasa con nosotros, qué nos duele, qué nos está haciendo daño? En el caso de la muerte accidental, esa muestra de fragilidad asusta, hace reflexionar, confunde. En general, culpamos del dolor a quien sea, desde frases tan vacías como “los poderosos”, hasta la “mala suerte”, y somos incapaces de reconocernos como los únicos causantes de lo que padecemos. Por la desmesura de nuestro deseo, por lo engañosa de nuestra esperanza, por nuestra eterna ingenuidad. ¿Cómo lidiar con este personaje?

La cultura mexicana niega la posibilidad de vivir el dolor. A los hombres se les dice desde pequeños que deben “aguantarlo”. Las mujeres aprendemos que “ser mujer es puro sufrimiento”. Así, nos vamos haciendo “casi expertos” en creer que podemos evadir dolores, sin advertir que nuestra depresión, mal humor, enojo, son producto de ese dolor mal vivido. Saber vivir los dolores es algo realmente importante.

A pesar de ello, y paradójicamente, la tristeza ha sido y seguirá siendo una de las formas de inspirar el amor a la belleza de la vida.

Clara Scherer

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