Elogio a la mala leche

Elogio a la mala leche

Llegó a asustarnos la terapia de control de la ira a la que Cristiano Ronaldo fue sometido por el Real Madrid para sacarlo del cartel de Wanted, que tiene convertidos a los árbitros en aspirantes a ser el hombre que expulsó a Liberty Valance. No sabíamos si le aplicarían agua bendita, como a la niña de El exorcista. O si le reprogramarían con papel celo en los párpados, como a Álex en La naranja mecánica. Pero, en todo caso, temíamos que acabaran extirpándole aquello que en el portugués es combustible del alma: la mala leche, la perpetua temperatura de motín de un hombre que siempre juega como vengándose de algo. No fue así. En Jerez, evitó enredarse en las riñas periféricas en las que a menudo se extravía como un borracho atraído por un neón. Pero conservó tensión competitiva como para rematar, en la trocha abierta por Arbeloa, a un Xerez que durante un rato largo apelmazó un partido de espacios ahogados que a punto estuvo de causar al Madrí un profundo daño psicológico.

Llevábamos tiempo valorando que el Real Madrid ya disponía de una buena osamenta táctica y de una determinación en defensa forjadas por Pellegrini, incluso contra la impaciencia de sus críticos. Pero que aún le faltaba ese pellizco de grandeza que debían aportar los fichajes de postín, de continuo encasquillados. Los dos goles fabricados en sociedad por Kaká y Cristiano -es verdad que cuando el Xerez ya aculaba en tablas- permiten albergar en Chamartín la esperanza de que la fórmula terminará de cuajar justo al entrar en el tramo decisivo de la temporada y en el regreso de la Champions. Cuando más falta hace. Jerez fue el ensayo de todos los partidos importantes que están obligados a ganar para el Madrí jugadores de semejante calibre.

Y así, con el Real Madrid a dos puntos del Barcelona, encarábamos el domingo un nuevo episodio del clásico más febril de la Liga. Cuando le visita el Barsa, el mismo Atleti que juega apocado contra el Real Madrid se convierte en una emboscada en movimiento, en la tostadora que te electrocuta en la bañera. Le sale lo mejor que tiene. El Barsa recuerda, al cruzar el Manzanares, a las manadas de ñus del Serengueti que apenas mojan el hocico por temor al cocodrilo. Recibió dos goles muy pronto, al tiempo que ofrecía una imagen impropia por poco vibrante y la defensa, entre perezosa y descolocada, se dejaba ganar la espalda, con pases profundos como los de Reyes, que esbozaban la posibilidad de una goleada.

No es frecuente contemplar al Barsa tan entregado a una suerte adversa, y ayer lo estuvo, al menos hasta que Ibra cazó un cochinillo que también le sirvió a él para empezar a aliviarse la morriña de goleador en boxes. La segunda parte propició un Atleti clásico: el agazapado que sale a la contra, el que defiende y luego deja en manos de Agüero la lumbre del incendio. Suficiente para perforarle el himen de invicto al Barcelona y para confirmar que, en la segunda vuelta, tendrá visitas más complicadas que las del Real Madrid que apretarán el campeonato. El Madrí-Barsa tendrá valor de final.

Hoy no es posible cerrar sin comentar la última ventosidad oral de Maradona. La que acusa a Valdano de traición a la patria por una supuesta animadversión a los argentinos en el Real Madrid. Da pereza explicar al gremlin que Valdano tan sólo se debe a la sociedad que le paga y que, por tanto, ni el pasaporte argentino es un salvoconducto, ni el Madrid es una extensión de la AFA controlada por Maradona. Pero es que además Heinze no daba ya la talla, como no la da para su selección, donde permanece como pretoriano del técnico. Y Gago fue el que pidió irse cuando criterios técnicos le tienen relegado. En cuanto a Higuaín, es grotesco que salga a defenderle el mismo que se empeñó en sabotearle hasta que no pudo seguir ninguneando la proyección de estrella que ha logrado.

David Gistau

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