El sastrecillo valiente

El sastrecillo valiente

COMO UN MACHOTE, Adolfo Domínguez ha cambiado las tijeras por la espada para tronar contra el sindiós éste de la crisis. Mucho vago es lo que hay, según Adolfo. Mucho chorizo, mucho mangante que se aprovecha del Estado del Bienestar tal y como se ha organizado en Europa desde hace poco menos un siglo. Hay que facilitar el despido libre (como si no lo fuese ya, tal vez quiso decir obligatorio), para que el empresario emprendedor pueda prescindir de los trabajadores prescindibles y emplear mano de obra barata, gratuita a ser posible.

Este sermón de sabiduría costurera truena en el mismo momento en que el Banco de Santander anuncia que se ha forrado hasta los topes en pleno batacazo económico. Gracias a la sobredosis de capital generosamente inyectada desde nuestros bolsillos (de nada, señores) y al desastre de una política económica gestionada por oligofrénicos, Botín puede presumir de navegar en medio de la mierda subido a un yate de oro.

Adolfo tiene razón: el espectáculo es dantesco. Los políticos piden austeridad mientras pasean en limusina, Zapatero cuenta con 600 asesores sólo para hilvanar chistes y Gallardón con casi un millar para aconsejarle cambiar de sitio una estatua. Y mientras tanto hay quien sigue cobrando el subsidio de desempleo sólo por una depresión de nada, quizá porque no tiene para llevar comida a casa, o más bien porque en su momento no le echó cojones suficientes para hacerse banquero o mejor, empresario de riesgo, igual que uno de esos sastrecillos valientes que se llevan la empresa al quinto pino para ahorrarse salarios y derechos y así trocar una chaqueta de temporada por un centenar de niños muertos de hambre en un taller subterráneo cosiendo dobladillos. Así se crea riqueza, sí señor, con dos botones.

Como se ve, la trayectoria bursátil de unos calzones capitalistas va desde un campo de algodón con esclavos negros cantando felices hasta un almacén bolchevique regido por planes quinquenales. Cuánto mejor no sería cerrar la boca y seguir llevándoselo muerto y chino en lugar de salir a remover la miseria con la que se pagan los trajes y la marca. Sobre todo cuando lo mejor que se puede ofrecer como ejemplo de trabajo son las horrendas chaquetas con hombreras que gastaba Don Johnson en Miami Vice y los sayos de buzo disléxico que se enfundaba Miles Davis en sus últimos conciertos. Mejor oírlo con los ojos cerrados porque uno no sabía si estaba viendo al músico de jazz más grande que ha existido o al payaso de Micolor tocando la trompeta.

David Torres/elmundo.es

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