El pecado de Cd. Juarez

El pecado de Cd. Juarez

Uno de los signos anunciatorios del tal “Estado fallido” podría ser la incontestable existencia de una “ciudad fallida”. Y Ciudad Juárez, con perdón, reúne todos los requisitos para figurar en esta infamante categoría: en su momento, los atroces asesinatos de mujeres no lograron sacudir demasiado las conciencias de las “autoridades”. Y es que, señoras y señores, nunca han sido ellas —las mujeres, es decir, las perseguidas, las acosadas, las ultrajadas y las marginadas— motivo para emprender grandes trasformaciones sociales ni aportar soluciones de fondo.

Al contrario, el mundo se ha acomodado sin mayores problemas a la esencial desigualdad de los sexos y ahí tienen ustedes, por ejemplo, el descarnado maltrato legal que se brinda a las mujeres de Musulmania, por no hablar de atropellos, digamos, más sutiles, aquí en Occidente, tales que la disparidad de los salarios, la doble jornada de trabajo en la fábrica —o la oficina o el almacén o la tienda— y el hogar, el constante acoso de los machos lúbricos, las injusticias cometidas en el mundo laboral, etcétera.

Ciudad Juárez se ajustó así a una realidad inaceptable. Pero resultó, con el tiempo, que no sólo eran las mujeres las asesinadas sino que los comerciantes de sexo masculino comenzaron a ser extorsionados, los estudiantes masacrados, los taxistas descabezados, en fin, el horror que antiguamente se reducía a un colectivo de mujeres pobres, solitarias y desprotegidas se universalizó, por así decirlo, y alcanzó a toda la sociedad.

Hoy, tenemos una comunidad descompuesta hecha de ciudadanos aterrorizados donde no se puede siquiera regentar un pequeño changarro sin que se aparezca por ahí un tipo para soltarte amenazas y exigirte una sustancial tajada de unas ganancias que has logrado muy trabajosamente con el sudor de la frente.

Cuando se abre la puerta a la infamia, el horror penetra todos los rincones de la casa. Antes fueron las mujeres. Ahora son todos.

Roman Revueltas/mileniodiario

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