Ciudad Juarez, ¿y si no es el narco?

Ciudad Juarez, ¿y si no es el narco?

En 1990, según el censo, en Ciudad Juárez vivían 797 mil personas. 81 millones vivían en el país. Quince años después, también según el INEGI, en México vivían 103 millones de personas. Es decir, la población había crecido 27 por ciento.

En 2005, el estimado del instituto para Juárez era de un millón 300 mil. Es decir, la población había aumentado 67 por ciento, triplicando el crecimiento nacional.

Ya lo dirá el censo de 2010, pero todo indica que en Juárez viven ahora un millón 700 mil mexicanos, lo que querría decir que en veinte años la población se habría más que duplicado.

A veces sirve comparar una cifra. Según la misma fuente, en el Distrito Federal, la ciudad de la que nos quejamos tanto, la población en 1990 era de 8 millones 200 mil habitantes contra 8 millones 700 mil de quince años después. Seis por ciento de crecimiento. El valle de México en su conjunto creció menos que el 27 por ciento que aumentó la población nacional en ese mismo lapso. Como si todos se hubieran ido a Juárez.

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Hay muchas cosas que sorprenden al chilango que llega a Ciudad Juárez. El volumen de casas en renta o venta (hay quien dice que son más de 25 mil); los establecimientos cerrados y/o vandalizados.

Lo primero que me llamó la atención, sin embargo, después de unas horas de circular por las calles de Juárez, fue el número de automóviles sin placas. Imposible saber cuántos son. Qué porcentaje de vehículos van por la calle sin placa o identificación alguna. Cuando uno pregunta los números varían demasiado como para tomarlos en serio, pero eso sí… son muchos. A la vista uno no podría voltear sin encontrar alguno.

No es nuevo, me dicen. Siempre ha sido así. De esos autos han salido muchas balas de asesinos. Son los autos donde andan los pandilleros, los jóvenes que aterrorizan la ciudad.

En un par de ocasiones, la presidencia municipal ha hecho campañas para “emplacar” autos. Nada. A los dos días una protesta en Palacio Municipal de quién sabe quién y todo se acaba. Algo similar ha sucedido con los vidrios polarizados —y todo mundo parece tener los vidrios polarizados en Juárez—. El gobierno ofreció despolarizar gratis los vidrios. Nada.

En Ciudad Juárez, cuando uno está detenido en un semáforo, no es raro encontrarse justo al lado un auto sin placas, sin calcomanías, con los vidrios polarizados.

Todo contribuye al miedo.

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Aprendí un nuevo significado para la palabra Halcón unos días después de la masacre en Salvarcar. Lo entendía un fin de semana en Ciudad Juárez.

Ahí están: en el día, en la tarde, en la noche. En ciertos barrios de la ciudad, en casi todos, en alguna esquina se paran como quien toma el sol, como quien está esperando a un amigo.

Vigilan. Reportan.

Una noche me encuentro con Vidal Díaz Ochoa, comisario, nuevo jefe de las fuerzas de la policía federal en el estado. Son las ocho y sólo ha habido dos ejecuciones. “Una es inaceptable”, me dice. Pero no deja de pensar que dos no están mal.

En la cuenta del gobierno, durante 2009 hubo mil 824 ejecuciones. No homicidios dolosos, que hubo más, sino ejecuciones. Cinco por día. Algo así como un tercio de las ejecuciones del país.

¿Cómo puede ser que en una ciudad que ha sextuplicado la presencia policiaca en un año aún se puede matar de manera tan sencilla?

El comisario Díaz Ochoa me contesta lo mismo que el presidente municipal, lo mismo que el taxista, que el profesor con el que comparto el juego de los Indios de Ciudad Juárez un domingo. Los halcones.

Por 500 pesos a la semana son la mejor red social del mundo. Por 500 pesos a la semana informan, golpean y hasta matan.

¿Cuántos hay? Miles. Miles. En una ciudad en que alrededor de la mitad de los jóvenes en edad de secundaria o prepa no van a la escuela… hay miles.

Se agrupan en pandillas, cientos de ellas que nacen, crecen y desaparecen para formar otras. Son organismos vivos.

Son el producto más acabado de Juárez. De la explosión maquiladora. De las escuelas que cierran a las doce y media y avientan a la calle a los chamacos hasta las cinco que llegan sus madres y, a veces, sus padres, del trabajo.

En las calles polvosas del desierto se criaron. (La mitad de las calles en Juárez no tiene pavimento). Las calles polvosas hoy son su propiedad.

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En día de juego, el estadio donde juegan los Indios lo rodean cientos de federales, municipales y soldados. Al dueño del equipo lo rodea, mientras sufre por el desempeño de su equipo, una docena de guaruras.

La porra oficial porta camisas en que se lee: “Devuélvanme la ciudad”.

A la salida, me entero de que antes del partido, desde un coche de esos sin placa y con los vidrios polarizados, unos jóvenes, de esos que fueron halcones, mataron a un estudiante de Educación Física frente a su padre.

“Por reírse” es la mejor explicación que tienen testigos y policías.

¿Qué tiene que ver el narcotráfico con todo esto?

Carlos Puig/mileniodiario

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