Amor, etcetera

Amor, etcetera

El escritor inglés Julian Barnes afirma en una trama de amores contrariados que el mundo se divide en dos categorías: quienes creen que la función, el acompañamiento y la melodía principal de la vida es el amor y que todo lo demás es un largo etcétera, y aquellos numerosos desdichados que creen fundamentalmente en el etcétera, esas personas para quienes el amor es una pasajera agitación de juventud.

Todo el mundo se pregunta un día, o una noche, a cuál de estos dos grupos pertenece. Sé de gente que se ha pasado la vida buscando su lugar en esa subasta de corazones. Alguna vez escribí que el amor es como un servicio militar donde siempre hay un sargento que nos hace la vida imposible. El sargento es el amor. Soldado Pérez: cien lagartijas por haragán y desinteresado. Soldado Pérez: revuélquese en el fango y finja que está en el campo de batalla. Soldado Pérez: de inmediato un baño con agua helada para desvanecer esos malos pensamientos. En fin, soldado Pérez, es usted un alfeñique emocional, un mentiroso gigante, un ser despreciable cuyos  complejos hacen orgías en la oscuridad del Ello.

En otro pasaje, Barnes agrega: creo que el amor ha alcanzado una cotización artificialmente alta. Un día de estos el amor sufrirá una fuerte caída. Estoy de acuerdo con Barnes al cien por ciento y entre más rápido ocurra, mejor. Las cosas que se ven en el mundo a causa del amor son bochornosas. Del amor o sus derivados: celos, sexo desaforado, posesión patológica, egolatría infundada, sentimientos de inferioridad indomables y todos los rayos y centellas del ridículo. Esto me ha recordado a unos vecinos que se amaban como locos. Hicieron un  nido de amor en el departamento del cuarto piso de un edificio art dèco. Cada dos o tres meses, él se subía al barandal del balcón y amenazaba con saltar al vacío. El hombre decía cosas incomprensibles y parecía desesperado de verdad. Minutos después la calle se iluminaba con las luces de las torretas de las patrullas. Al final lo persuadían de que no hiciera una locura y se bajaba del barandal con la cola entre las patas. Con el tiempo, para mí ese vecino perdió toda credibilidad.

Salvo esos episodios, ellos parecían felices, dos amantes que se consumían en las llamas del amor y no parecían dispuestos a controlar el fuego. El hecho desató más de una vez polémicas incandescentes en casa. Mi postura se podía resumir en unas cuantas palabras:

–Este mozalbete de las emociones es un energúmeno del amor, un hombre indigesto con la papilla de la pasión. Lo que se llama un chantajista.

La réplica femenina, un dardo envenenado:

–Cuando hay pasión se hacen ésas y otras cosas.

No soy un joven como para morder ese anzuelo:

–Si hay que suicidarse para demostrar amor intenso, no cuenten conmigo.

Aquel vecino me recordó que Samuel Beckett también desconfiaba de los bonos altamente artificiales del amor, por eso escribió: there’s not love, only fucking. A favor de esta máxima habla la primera, la más antigua epopeya literaria.  Gilgamesh, rey de Uruk, le envío una prostituta a un joven guerrero salvaje, Enkidú, para debilitar sus poderes. Derrotado por la lujuria, Enkidú se entregó al placer. Bajo una tienda de piel de cordero, Shamhat, la hieródula, le enseñó al guerrero las artes del amor: “Shamhat dejó caer su velo,/ le mostró su sexo./ Él gozó su posesión. Ella no temió,/ gozó  su virilidad. Ella se desvistió./ Él se echó sobre ella./ Ella ejerció con el salvaje su oficio de hembra. / Él se prodigó en caricias./ Le hizo el amor./ Seis días y siete noches, excitado, Enkidú, se derramó en Shamhat/ hasta que se hubo saciado de gozarla”.

Cuando Enkidú volvió a la caza de la gacela, las piernas le fallaban. Dos sueños le revelaron a Enkidú que Gilgamesh no sería su rival sino su amigo. Así, en los días ancestrales de 2750 años antes de Cristo, en el corazón de la civilización sumeria, nacieron el burdel, la amistad y la literatura. Tengo la impresión de que las cosas no han cambiado demasiado.

Rafael Perez Gay

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