Alfombra de claveles

Alfombra de claveles

Quien llega a Madrid, incluso por primera vez, siente que vuelve. Quién sabe de dónde y quién sabe cómo, pero vuelve. Muchos mexicanos hemos imaginado fielmente cada piedra y cada párrafo, sea a través de personas adorables, admirables, conocidas y desconocidas o recuerdos inventados que se adelantan en la memoria como premoniciones de algo entrañable. Una vez vista y vivida, parece imposible que España entera se borre en el recuerdo. Se queda como pátina en las palabras, seda de paisajes, óleos indelebles, arquitecturas memorizadas y sobremesas que nunca terminan en realidad. Aún por ver y vivir, sucede lo mismo con Madrid: nos imaginamos los tramos de sus calles con nombres cambiantes, el perfil de sus edificios y el remanso de las plazas; nada cayó con las bombas y todo lo caído resucitó en las continuas y molestas obras con las que abren y suturan constantemente a esa ciudad intemporal. Por ello y mucho más, Madrid es un antojo permanente. Ciudad que se recorre aun antes de conocerla… como lo supo Agustín Lara.

Raúl Guerra Garrido es un escritor español, prolífico y multipremiado, del que conozco un solo libro: La Gran Vía es Nueva York (Alianza, 2004). Se trata de un delicioso mural narrativo donde confluye el ensayo con la novela, los cuentos de imaginación pura con relatos cincelados en la memoria, bitácora de andantes, recuerdos del café o los bares, las muchas vidas de una sola calle —abierta en medio de Madrid hace apenas un siglo— que tiene ya mucha biografía que contar… y mucha magia transpirada como para convencer a cualquiera que ya la ha caminado, aun antes de encontrarla. A Guerra Garrido le gusta y se le da bien aquello del entramado convulso. Hablo de que es escritor tanto de fábulas inverificables como de crónicas fidedignas; lo mismo puede consignar minuciosamente el transcurso de cada uno de los edificios que se alinean sobre las aceras de la Gran Vía, que registrar las leyendas sin constancia que todo caminante se sabe y reproduce de memoria. Imposible evitarlo: la Gran Vía no es sólo calle, sino telón de historias. Verídico y con fotografía el día en que el torero Fortuna mató a un toro de seiscientos kilos en pleno arroyo de la calle, entre coches y gabardinas atónitas y aún por verificarse las muchas madrugadas en que deambula fresco por Gran Vía el fantasma de un eterno enamorado, viejo feliz y resignado a su soledad, cuya silueta sólo consta a quienes lo han leído para abrazarlo.

Por estos días, Raúl Guerra Garrido ha armado la tremolina con la insinuación —sin mayores pruebas— de que Agustín Lara no es el verdadero autor de Madrid, el schottis o chotis vuelto himno, memoria cantada y hasta pretexto para novelas, sin que nadie dude que fuera melodía y homenaje transpirados por el gran Flaco de Oro. Hoy mismo habré de llevarle —en sueños— otro abrazo y un clavel a la solitaria estatua de Agustín Lara, perdida e insomne en el barrio de Lavapiés. Me imagino que está triste y, sin embargo, me explico: me intriga e inquieta todo el revuelo que ha despertado Guerra Garrido, al insinuar entre los párrafos de su nuevo libro Gran Vía 1910-2010, editado por el ayuntamiento de Madrid con motivo del primer centenario de esa calle sin tiempo. Según el periodista Isabelo Herreros, él y Guerra Garrido frecuentan una tertulia donde ha tiempo inventaron las andanzas, biografía y avatares de un tal Rafael Escalona, músico y republicano, exiliado en México que, en la más pura invención, vivió sus últimos años a la espera de que muriese Franco con la venta de sus partituras y canciones… Pura literatura.

Ahora bien, ese tal Rafael Escalona (homónimo de otro músico, colombiano y verídico) quizá debía su nombre inventado a la sombra de Rafael Oropesa, antiguo profesor de la Banda Municipal de Madrid, querido músico heroico que, al estallar la Guerra Civil, fundó la banda de música del célebre Quinto Regimiento, popularizada en toda España como la “Banda Madrid”. El pueblo de Oropesa no queda lejos de Escalona, en la provincia de Toledo, y de allí que para Guerra Garrido haya sido fácil la asociación que ahora finca su insinuación: en el libro que ahora circula, Gran Vía 1910-2010, se honra la biografía de Rafael Oropesa y lo veraz merecería ser novela.

Rafael Oropesa fue autor del pasodoble Domingo Ortega y del muy popular Chiclanera. También se sabe que fue autor del castizo chotis ¡Manolo, baja! Y se sabe que llegó a México entre los pasajeros del barco Sinaia, fletado por Lázaro Cárdenas, brazos abiertos desde el puerto de Sète en Francia hasta Veracruz. Se dice que Oropesa viajó con algunos músicos de su vieja banda republicana y que sobre las olas amenizaron no pocos mareos con su música. Se sabe que Oropesa, como otros muchos transterrados españoles, volvió a florecer en México, donde vivió hasta su muerte en 1944, seis años antes de que Agustín Lara compusiera Madrid y toda su suite española. Merecería ser novela, si no fuera verdad, la hermosa historia de que Oropesa compuso Madrid como regalo para su esposa enferma, amadísima mujer al filo de la muerte y que el anónimo músico de banda terminara por hacerle un último obsequio de la más pura nostalgia al amor de su vida, para luego no soportar mucho tiempo su viudez y morir lejos de Madrid, no sin antes venderle un tesoro nada menos que a Agustín Lara. Literatura pura.

Entre los argumentos que se desprenden de la insinuación de Guerra Garrido consta entre muchos madrileños y algunos mexicanos la probada incredulidad de que el compositor hubiese podido cantarle a Madrid, Sevilla, Granada o Murcia sin haber jamás estado en esos sueños. También hay quien duda sin fundamento que Lara conociera frases retrecheras, nombres de lugares como el Bar Chicote o el verdadero asfalto de la Gran Vía y no faltará quien afirme que los vaivenes del chotis son ritmos difíciles de asimilar, etc. Lo cierto es que a Clarita Martínez, ex novia de Agustín Lara, le constan los días o madrugadas en que se escribió la canción; los descendientes de Oropesa no cuentan con pruebas contundentes sobre lo que quizá intuían desde que sus padres o abuelos se dieron el último adiós… y no pocos sonámbulos, lectores, enamorados y demás afiliados a cualquier forma del delirio podemos afirmar sin duda alguna: la Gran Vía no existe, es una calle que alguien soñó para pavimentarla con las historias de todos los hombres solos que la recorren de noche y los cuentos de todos los niños que la sueñan de día. Es una inmensa alfombra de claveles, cada uno de esos pétalos narra la historia de un compositor y todas sus musas, la memoria perdida de una banda de guerra, el espejo trasatlántico de los amigos… y el mismo beso, único, de siempre.

Jorge F. Hernandez/mileniodiario

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