Afganistan, cosas de la guerra

Afganistan, cosas de la guerra

Toda guerra extrema las perversiones. La de Afganistán, por ejemplo, que es la cosa que ahora llevamos entre manos, nos deja puntual noticia del último invento macabro de los talibanes: tomar al campesino de escudo humano y a la hija del cabrero de caja de bombas. Esto de utilizar al pueblo de blindaje es cosa antigua. Un ramalazo más de aquella esclavitud, cuando el negro valía menos que la hoz con que rapaba las cañas del campo. Abulta mucho el titular que anuncia cómo a las párvulas les calzan una minifalda de dinamita y hacen de ellas un artefacto con las patas cortas. Pero lo que nadie explica de verdad es para qué sirve esta guerra que hace de las niñas un correo mortal con los dientes de leche. Los radicales islámicos que nos preocupan no están del todo ahí, sino que se repasan la barba en las peluquerías de Londres y en los sótanos de Nueva York. Los paraísos fiscales les conserva a salvo su parné. Mientras, aquí estamos por la paz mundial, por la ancha paz de toda la vida, pero alternamos el mitin pacifista con excursiones disimuladas a una batalla que no es la nuestra y donde los más tarados del Islam se dedican a parar las bombas que les mandamos con la esquelatura del vecino. Estoy con Raúl de Pozo cuando escribe que alguien debería explicar porqué esta aventura es más justa que la sangría de Irak. A mí las cuentas no me salen. Lo de Afganistán es otra orgía fanática donde los soldados extranjeros tampoco pisan saltamontes en las montañas por si explotan los muy cabrones. Con esto quiero decir que es la locura y el pánico quien en última instancia ordena, quien toma en verdad las decisiones. Cuando nos dicen que desquiciados como el que aparece sentado en la foto, Abu Wakas, se había confeccionado un harén de niñas para enviarlas como palomas explosivas contra el enemigo no es posible creer que el encargo siniestro de participar en este tinglado sirva en verdad para algo. Obama no exige ayuda, sino refuerzos. O sea, más escudos humanos, que eso es en definitiva un soldado en un conflicto. Al final alguien tendrá un día que avergonzarse de todos los muertos. De las niñas árabes, de los chicos nuestros, de las putas medallitas que depositan los hombres de paz sobre los féretros cuando éstos traen dentro la única noticia que puedes creerte de la guerra. No sé si me explico.

Antonio Lucas/elmundo.es

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