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Mientras aquí nos preparamos para lo que se ha llamado la tormenta perfecta, que empezó en mi tierra, pero parece que sin la gravedad temida, y seguirá en Galicia y en otros lugares de este país, en Chile ha temblado la tierra mientras se preparan para darle a la lengua los académicos que hablan y escriben en español. Bella portada, inquietante y sugerente, en Babelia, anunciando el artículo de don Emilio Lledó. Rojo y negro, el color de la tierra, la atmósfera de los terremotos. Chile es siempre una memoria, una herida y una melancolía, y ahora llegan de allí las noticias inquietantes que hasta ayer tarde temíamos que se produjeran aquí. Allí ha temblado la tierra, aquí anunciaban que temblaría el aire. Temible febrero terrible. Lo de Cuba es un drama distinto, y es un drama grande. No se puede decir sobre Cuba nada con sosiego. Durante muchos años mi generación miró hacia Cuba con devoción y esperanza; íbamos a los barcos a llevar medicinas y vituallas, veíamos aquel proceso como si en efecto se fuera a producir el milagro del hombre nuevo. La desilusión fue como la que se produce cuando te rompe una foto muy querida un avieso compañero de colegio. Pero en muchos ámbitos parece un pecado, aún, decir que te has desilusionado. Estuve en Cuba en 1990, con un amigo muy querido, que profesaba hacia la isla las mismas ilusiones que hasta algún tiempo antes yo mismo había abrigado,  y tanta gente más. Hicimos un día una fotografía y un soldado nos metió en un cuartel, presos, porque en aquel lugar no se podían hacer fotos. Le dije: ¿Y dónde está que esto está prohibido? “Ahí hay un cartel, lo que pasa es que lo ha tapado la hierba”. Fue una anécdota que nos puso el miedo en el cuerpo. Hubo muchas anécdotas así. Pero la categoría, lo que resultaba insoportable porque además era inexplicable, fue que mis amigos cubanos no podían ir a los mismos sitios a los que íbamos los extranjeros. Muchas veces me lo han explicado, con buena voluntad, cubanos y amigos que no son cubanos, y que tienen siempre la voluntad de disculpar explicando. Pero yo no entiendo. Yo no entiendo nada. Yo no entiendo que revolución signifique falta de libertad, desdén por los derechos de los que disienten, burla de los que están en desacuerdo y se oponen. No lo entiendo. Y como no lo entiendo desde aquel viaje dije que no volvería a Cuba hasta que lo entienda. Y sigo sin entender. Lo que sucede ahora es una parte gruesa de lo que no comprendo.

Juan Cruz/elpais.es

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