Un lugar de ambiente

Un lugar de ambiente

Con sus putas, sus machos, sus padrotes, sus pifias, deslindes y turbiedad, el caso Salvador Cabañas es en sí mismo un microcosmos en el que podemos observar la sociedad que sí somos.

Tenemos a un delegado de la Álvaro Obregón que no conoce a los inspectores que operan en su demarcación, y que se jacta de ello. Éstos, a su vez, no nos previenen de las calamidades; no nos aseguran que cuando ocurra algo en un establecimiento no ocurra lo peor. Nos garantizan, eso sí, que el autoengaño será perfecto: ellos hacen como que revisan; nosotros, los ciudadanos, como que les creemos; al fin que en nuestra ciudad, y país, chafa lex sed lex.

Con un gobierno capitalino obsesionado con las marcas mundiales, esta semana impusimos dos: 1) más de tres horas tardó la policía en entrar a un lugar en el que hubo un intento de asesinato del que todos los medios reportaban en directo, y 2) como sociedad no nos corre la prisa por remendar en la Asamblea esa aberración que permite que particulares alteren impunemente escenas del crimen. Somos una vez más referencia global de lo que no se debe hacer.

Nuestro umbral de tolerancia al crimen es altísimo. Todos sabemos dónde conseguir droga, sexo y entretenimiento de todo tipo y a cualquier hora, boletos en reventa, animales en peligro de extinción, piratería, armas, sicarios, etc. Y más, permitimos que nos roben calles y banquetas, que den permisos a miles de taxis pirata, que los votos se compren con materiales de construcción… Así, es más que normal que en el mismo bar haya prostitutas profesionales e hijos de ex presidentes; conocidos empresarios y gente que logra fama por su ostentación y prepotencia. Convivir con criminales no nos incomoda.

Golosos, los medios impulsamos los dichos de fiscales que ganan en el atril lo que pierden en tribunales. Hipersensibles, los opinadores demandan toda la información pero piden que los salvemos de imágenes desagradables, y censuran “excesos” (¿cuál exactamente es el “exceso” cuando hablamos de un personaje público con una bala en la cabeza tirado en un baño de un antro?)

Eduardo Santillán no pagará ningún costo. Las redes bejaranistas van a sostener al “delegado cero” porque ese señor simplemente forma parte de una jugada macro. Lo que usted ve no es lo que es. Los gobiernos delegacionales no son organismos para servir a los ciudadanos, son negocios del poder. Usted con su voto cree que elige a su delegado, en realidad le regala una coartada a las tribus para explotar esos territorios.

Hay decenas de teorías que “explican”, con exuberante argumentación, la causa de la caída del avión de Juan Camilo Mouriño. Yo me quedo con una no muy sexy: lo tumbó la corrupción. El cúmulo de “irregularidades” en contratos e inspecciones de la fatídica aeronave mató al secretario, sus acompañantes y a los que estaban en tierra. ¿Qué pasó exactamente el lunes en la madrugada en el antro de Insurgentes Sur? Invente su hipótesis, por descabellada que suene será creíble. Lo que no se vale es hacerse el tonto, porque como sociedad todos cabemos en el bar Bar, sólo elija qué quiere ser: cadenero, asesino en potencia, trepadora, guarura, prostituta extranjera importada legalmente, chofer de camioneta sin placas, dealer o feliz cliente en ese bonito ambiente.

Salvador Camarena/eluniversal.com

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