Supersticiosos de la raza

Supersticiosos de la raza

A VECES cuesta entender que España se hizo por acumulación de razas, soles, biblias y coranes. No somos más que la densa impureza de muchas bastardías. A algunos les molesta reconocerlo. Y quizá por eso, cada poco, rompe de nuevo a hervir el géiser del debate inmigratorio con cobardía y sombra. Ahora viene del Ayuntamiento de Vic la mascarada. Proponían expulsar al sin papeles. Ya no vale su mano barata. Negarle el empadronamiento, último cobijo trucado del náufrago, es desahuciarlo porque sí (o porque no) negándole al paria derechos civiles. Siempre el mismo tocomocho.

Hace poco más de tres años aún importábamos hospitalarias sacas de nuevos esclavos: filipinas y sudacas para el hogar, morerías y negritudes para el campo, promesas del Este para el ladrillo… Hoy sobran todos, cuando son cinco millones. Ha caducado su buena estrella porque se evaporó el serrallo del dinero, por cuya neurosis fueron reclutados. Ya ves. Ahora a los vocingleros de siempre les urge regularizar, hacer hueco. O sea, cerrar el grifo con el sobrante de las estadísticas. ¡Hay que devolverlos a la carbonera de los puestos fronterizos!, claman los exaltados y los supersticiosos de la raza.

Asoma otra vez la pata de la xenofobia. Lo de Vic y Torrejón no es un hecho aislado, sino una invocación más al furor de algún encampanado que acojerá un día el rabioso bocinazo de la derecha más extrema (versión Plataforma per Catalunya de Vic), aquella que clama por las redadas. No caben más inmigrantes, dicen. Algunos les acusan también de amasar el 20% de la economía sumergida. Pero no dicen toda la verdad: ese dinero sólo es la limosna que les echan los constructores y ciertos empresarios, un doblón de mierda si lo comparas con la millonaria corrupción debidamente amortizada de los ayuntamientos, los bancos y tantas instituciones. Este país está haciendo la mala digestión del despilfarro. La urticaria contra los sin papeles no es más que la coartada para seguir ocultando la realidad inmediata: que hemos explotado a una generación de extranjeros entre dos formas de hacer política inmigratoria, el tai chi con cascabeles del PSOE y el viejo candado levantisco del PP, que ahora Rajoy convierte en hilo musical de samaritana proponiendo un modelo de sanidad y educación lunático. No tienen ni puta idea de lo que llevan entre manos. Y al final dejan colgando del belvedere una cuerda de inmigrantes, ciudadanos variables, convertida en espada electoral. La lucha de partidos es vil. Todo vale. No entienden que antes y después de los papeles lo que falta es un remedio, que un país es la gente, nosotros los de aquí y nuestra mitad de allá. Aquellos que también podemos ser un día, sin afeitar.

Antonio Lucas

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