Relativismo en tiempos de paz

Relativismo en tiempos de paz

El Gobierno de EEUU ha entrado en Haití para quedarse. Al menos durante un tiempo que no será corto. Ya controló desde las primeras horas el aeropuerto y ahora decide sobre todo lo importante que sucede en el país, con la anuencia del presidente Préval, cuyo semblante ante la llegada de los militares es el del hombre que acaba de dar un gran resoplido satisfecho. La actividad del Gobierno de EEUU ha provocado la indignación francesa. No se comprende. El país más pobre de América habla francés. ¡La lengua del tonton macoutte! Si Haití empieza a hablar un creole anglófono el muy herido orgullo galo tendría una humillación menos. Por lo demás la reacción francesa no tardará en extenderse entre las masas europeas. Faltan horas para que acaben acusando a EEUU de utilizar la desgracia en beneficio propio. Y pocos días para que aparezca un capellán o una monja diciendo que el terremoto fue una conspiración. Estamos perfectamente preparados.

La tragedia de Haití ha provocado un gran número de irritantes reacciones. Destacan los asombrados. Éstos que empiezan sus artículos diciendo que un terremoto de la misma escala que destruye Haití provoca en Japón un leve picor de manos en las geishas más sensibles. Es un asombro ridículo. Haití es pobre, entre otras razones, porque allí se dan catástrofes naturales con drástica perseverancia. Sólo hay que leer el gran libro de Landes, La riqueza y la pobreza de las naciones, que explica por cierto cómo no quedó vivo un blanco (un francés) en el extremo occidental de La Española, cuando la Revolución extendió hasta allí su mensaje. Haití es, además, un país discutible, que sólo lleva medio siglo probándolo. Y por si fueran poco el clima y la juventud se trata también de un lugar enfangado en la brujería. En tiempos de calma todas estas características mueven a los relativistas a exclamar: «¡Es su cultura, respetadla! ¡Dejad que Haití siga su camino». En la tragedia, sin embargo, vuelven a reinar los valores absolutos: agua, jabón y penicilina. El infame orden burgués.

Un asunto moral y políticamente muy interesante es si ese orden que gobierna el aeropuerto de Puerto Príncipe debe prolongarse más allá del enterramiento de los muertos y la reconstrución de los edificios. La situación de Haití, en ese fondo real de las cosas, no es distinta de la de Afganistán. ¿Por qué los valores fuertes de la civilización sólo deben intervenir en el fragor del incendio? Lo trascendental, en relación a la intervención de EEUU no es esta beneficiencia urgente sobre el caos. Lo importante es si deben practicar o no, cuando la tierra se cierre, una suerte de neocolonialismo. Y si deben llevar, practicándolo, la cabeza bien alta.

«¿Por qué los valores fuertes de la civilización sólo deben intervenir en el fragor del incendio?»

Arcadi Espada

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