Seguridad

Seguridad

SI ALGO HA dejado claro esta década es que el mundo es un lugar mucho menos seguro de lo que creíamos al estrenarla. Los rascacielos se derrumban, los trenes estallan, los aviones se caen. La raza humana estrenó el milenio con el ansia de un niño ingenuo abriendo los regalos de Reyes y antes de 10 años el juguete ya estaba hecho polvo. George Bush ejercía de Melchor pero aquella pinta de buhonero vendedor de crecepelo no engañaba a nadie: el oro devino rápidamente en hipotecas basura, el incienso en pólvora, la mirra en mierda. Hoy en día, la tan cacareada seguridad que nos vendía a cambio de nuestra propia alma vale menos que su hoja de servicios.

Al empezar el siglo, íbamos a volar con miedo al avión: ahora tenemos miedo al aeropuerto. Los escáneres que prometen traspasarnos de arriba abajo con inofensivos rayos X son el preludio de un protocolo de control que incluirá radiografías instantáneas y exámenes de próstata. Todo para que luego la bomba viaje tranquilamente en la maleta, como lo han demostrado unos humoristas eslovacos que prepararon la inocentada con una semana de retraso, metiendo 90 gramos de explosivo en una maleta para descojonarse de la policía irlandesa.

Ya no basta con que una cajetilla de tabaco lleve mensajes de peligro y calaveras grabadas: están al caer las cajetillas ilustradas con fotografías de pulmones quemados, enfermos agonizantes conectados a tubos, autopsias alquitranadas. En el estado de Maine, con el cambio de Rey Mago, van a aprobar una normativa por la cual los teléfonos móviles deberán ir provistos de un aviso que informe al usuario de que el manejo del aparato puede causarle un tumor cerebral. Sí, estamos a punto de descubrir que, como decía Mafalda, la vida es una enfermedad mortal.

Lo que no se explica es por qué los automóviles no los venden decorados con imágenes de parapléjicos babeantes y vistosos entierros de familias al completo, ni los chuletones de ternera con un marbete que indique el riesgo cardiovascular por cada caloría ingerida, ni las rodajas de merluza estampadas con una hermosa paráfrasis de anisakis. Sería lógico, en un mundo que vive en la ilusión de la seguridad total, señalizar los resbalones que acechan en cada esquina, prestos a convertirnos en enfermos crónicos y orgullosos propietarios de sillas de ruedas.

Todos los políticos también deberían ir provistos de un cartel en la pechera que exponga claramente, en todos los idiomas disponibles: «Este hombre puede quitarle todo su dinero. Vótele bajo su propio riesgo». Que nadie se llame a engaño y luego diga que no estaba advertido.

David Torres/elmundo

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