Nosotros, los gatos

Nosotros, los gatos

SEGÚN algunos estudiosos que no somos ni usted ni yo, la comunicación entre el hombre y los animales va a peor. El motivo, me ha parecido entender, es que los animales no están realizando las funciones para las que fueron creados (rastreo, caza, presa y todas esas cosas). Los perros se han convertido en señoritas de compañía y los gatos, en figuras de porcelana para decorar una ventana con visillos.

No sé si los animales han nacido para tener amo, pero en mi casa parece lo contrario. Nosotros somos las mascotas de nuestros animales. Ellos ocupan los sofás y comen el jamón, se cagan en nuestras plantas y consultan la pantalla de nuestro ordenata. Estoy pensando en Úrsula, mi gata, a la que hace meses rescatamos del arroyo para ponerla encima de un edredón.

El día de la nevada, Úrsula se alzó con el protagonismo. Como hacíamos cuando los niños eran pequeños y corríamos a despertarlos para que vieran el paisaje blanco, el otro día la despertamos a ella. Se quedó flaseada. Fue un comportamiento de documental. Tras unos instantes de estupor, Úrsula se sentó sobre los cuartos traseros y levantó las patas de delante, dejándolas en suspenso como una ardilla. Que yo sepa, Úrsula no tiene ningún pariente ardilla ni conejo, así que el gesto era de su cosecha.

Ya habíamos detectado en ella algunas pecularidades, como su forma de dormir (boca arriba y despatarrada), más propia de un adolescente haragán que de un felino desconfiado, pero eso era nuevo. Úrsula nació gata, aunque podía haber nacido oso hormiguero o princesita de Mónaco.

La nieve trae siempre un pequeño cuento de Navidad. Ya sé que no toca hablar de Navidad, pero mi gata y yo todavía estamos bajo los efectos de la nieve. Soy de esas personas que miran la nieve con el mismo arrobo con que los americanos miran la Alhambra. El día de la nevada yo andaba de bureo y volví a casa andando.

Andar no me gusta (en cuanto doy tres pasos empiezo a soñar obsesivamente con las zapatillas de pompones de Carmen Sevilla), pero ese día sufrí una transmutación. Más que andar, levitaba. La luz era como de tres lunas llenas y la quietud se podía tocar con los dedos de los guantes. Por la calle vi pequeñas brigadas de jóvenes que ayudaban a recatar automóviles de entre los setos y policías que parecían recién salidos de un calendario de bomberos.

En casa encontré a Úrsula, que había tomado posesión de la tele. Siguiendo mi costumbre, yo me quedé en el jardín afilándome las uñas en los árboles.

Carmen Rigalt

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