Misericordia

Misericordia

Antes de llegar a la sección Editorial, ya lo leyó usted, sistemático lector. Sin duda en la primera plana de nuestro periódico, y de ahí pa’l real. Y si además tiene usted la mala costumbre de utilizar chunches electrónicos en su casa, desde ayer en la mañana, ya fue víctima del bombardeo “noticioso”: Salvador Cabañas sufrió un atentado que pone en peligro su vida.

Cabañas, paraguayo él, es probablemente el mejor futbolista que hay en México en la actualidad. Delantero, goleador despiadado. Sin él, su club, el América, y la Selección de su país, no son nada. Y mucho me temo que nada serán. Pues aunque no soy médico, y precisamente porque no lo soy, me autorizo a decir lo que los médicos no se permiten: que alguien que recibe un balazo en la frente, tal que el proyectil, después de siete horas de intervención quirúrgica, permanece alojado en la parte trasera de su encéfalo, si sobrevive, difícilmente volverá a jugar.

Siempre que ocurre un hecho como éste, que se convierte en noticia “sensacional”, se dicen muchas tonterías. Lo sensacional llama a la sandez. Hay que llenar a como dé lugar los minutos y las horas que lo sensacional reclama. Y no es tarea fácil cuando no hay nada que decir. A la hora de escribir estas líneas, ni usted ni yo ni la pegejota ni los informadores tenemos la más mínima idea de lo que sucedió.

Como ese locutor, cuyo nombre, para fortuna suya no recuerdo, que afirmó, bien suspicaz él, que era harto sospechoso que no se hubiera encontrado el casquillo de la bala, “como es habitual en estos casos”, añadió, levantando una ceja a la Holmes. Faltó quien informara, quedito, al oído del sagaz reportero, que a lo mejor el arma utilizada fue un revólver y esos no andan regando casquillos.

Sabemos sí, que como a las cinco de la mañana del lunes, el crack sudamericano se encontraba con su esposa en un bar del Insurgentes nice, allá por la colonia Florida, el Club France y ese maravilloso restaurante de pescado cuyo nombre ahora no recuerdo. Usted sin duda recordará la fachada del antro en cuestión. Un auténtico adefesio directamente extraído de Los Picapiedra. Unas letras gigantescas que dicen Bar. Solamente. Por ello la gente, parroquianos o no, se refieren a él como el “Bar-Bar”. Debajo de la A está la puerta.

Todavía a esa hora había bastante gente (¡!), dicen. Salvador subió al baño y ya no bajó. Se produjo un apagón, quién sabe si antes durante o después de la agresión. Hay testigos presentes que afirman no haber escuchado detonación alguna. El herido fue transportado al Ángeles del Pedregal, donde permanece sedado en terapia intensiva.

Y ya que me permití decir lo que los médicos no, igualmente me consiento preguntar y preguntarme lo que los reporteros de la fuente deberían cuestionar y que, por un sentido más bien dudoso del pudor y el respeto, callan. Y es qué hacía un deportista de alto rendimiento, de altísimo rendimiento, en una taberna a las cinco de la mañana. Por muy domingo-lunes que fuera. Y qué hacía el mentado tugurio-Tugurio funcionando a esa hora, por muy privado- Privado que sea.

Varios célebres futbolistas que ejercen en Europa han sido víctimas de escándalos públicos por tales prácticas y sus disipadas costumbres. Entre ellos Ronaldinho, el tal Guti o el insoportable Cristiano Ronaldo. Sorprendidos en plena francachela por algún oportuno inoportuno paparazzo, no pueden dejar de agradecer que lo único que dispararon contra ellos fueron los flashes.

Al margen del móvil, que desconocemos, de tan atroz acto, y al margen también de conductas improcedentes de unos y otros, debemos admitir, esta vez en armonía con la vox populi e igualmente al margen del descenlace, que se trata de una auténtica tragedia. Herir con evidentes intenciones letales a un joven talentoso, en los inicios de una carrera que ya no era simplemente promisoria, es de una bajeza revoltante.

Inútiles, e incluso un poco ridículas, las condenas que, como el Presidente de México, expresaron una multitud de personajes públicos. Lo condenamos, por supuesto. Todos, excepto los autores del atentado, lo condenamos. No pos sí. Sólo faltaría. Si efectivamente está uno afectado por lo acontecido, lo único pertinente es manifestarlo así y deplorarlo. Y hacer pública una sincera actitud de preduelo. Lo más optimista posible.

En situaciones como ésta, sin embargo, hay un aspecto adicional que me intranquiliza y me vuelve más pesimista, si cabe. Y es la atracción inexorable hacia la sangre y la muerte, hacia el sufrimiento y el mal, que nos avasalla de manera ineludible, siempre y a todos, ante tales circunstancias.

Es inocultable el placer, siempre mal reprimido, que experimentan periodistas e informadores diversos ante el hecho irrefutable de que por fin “hay nota”. Están convencidos, y no se equivocan, de que los lectores y las audiencias se multiplicarán. Que por una vez dejarán las telenovelas, las series y el Abierto de Australia, para no perderse el noticiero, que no hará sino repetir lo que saben de sobra. A la espera abyecta de que lo sensacional suba una octava más.

En el caso Cabañas, como en el de Haití, afloran las más negras pulsiones de Thanatos que alberga el ser humano, cobijadas por una, no por útil, menos auténtica, misericordia.

Marcelino Perello/excelsior.com

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