Mirar hacia adelante

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El apego de los mexicanos a la nostalgia y al sufrimiento parece una fatalidad. En vez de darle vuelta a la página del desamor, de la pérdida de un ser querido, de la derrota, nos aferramos al dolor. Aunque parezca una contradicción, parece que gozamos el sufrimiento.

No miramos hacia atrás para sacar experiencias del pasado, para iniciar una nueva etapa con fortaleza y ganas de vivir. La nuestra es una mirada obsesiva e infantil que busca en la historia individual o colectiva la constatación de nuestra mala suerte, la oportunidad de eludir la propia responsabilidad para culpar a los otros, siempre a los otros —los conquistadores, los evangelizadores, los norteamericanos, la derecha, la izquierda, el patrón, el sindicato—, de nuestro atraso y subdesarrollo o de nuestra precaria cultura democrática. Para colmo, procuramos identificarnos con los débiles y los derrotados y portamos, como lo han descrito Octavio Paz y otros autores, una mezcla de admiración / desconfianza por lo extranjero.

Lo que manda en la memoria cívica son los agravios, las derrotas: la pérdida de más de la mitad del territorio en una “guerra injusta”, aunque estén también, como excepción, fechas memorables como el 5 de mayo. Pero hablamos poco de nuestras divisiones internas, del sectarismo que propició las capitulaciones; de los errores y las vacilaciones de nuestros generales que explican sus fracasos militares. Los hechos patrióticos —como la defensa infructuosa del Colegio Militar por los cadetes— están salpicados de pesar. Conmemoramos el inicio de la guerra de Independencia y no su consumación porque eso implicaría reconocer la figura de Agustín de Iturbide, “la anti-Patria”.

Nuestros escasos éxitos en el deporte, en las ciencias, el arte o la literatura, incluso en el ámbito de los negocios y la innovación empresarial, se asocian más a esfuerzos individuales que colectivos. Somos un país en el que muchos prefieren pedir que hacer; es más fácil, pero más indigno, estirar la mano y esperar que otro, en este caso el supremo gobierno, venga a ayudarnos.

País de intensidades, en sus colores, en sus olores, en su geografía y en sus sentimientos: solidario ante la desgracia, como ocurrió tras los sismos de 1985, pero egoísta y rencoroso respecto del éxito ajeno.

Pero no todo lo que hemos acumulado —esa cultura del “no se puede”— tiene por qué permanecer como lastre. El 2010 puede marcar un hito. Pero eso exigiría dejar la mezquindad, la miopía y hacer mejor lo que hacemos, cualquiera que esto sea. Dejar de jalar la cobija para un solo lado; de descalificar todo lo que proviene de otro partido, de otra fuerza; dejar de construir con recursos públicos imágenes (la cosmetología política) en vez de contenidos… Abandonar el “ya ni modo” y reemplazarlo por una lógica de disciplina, estudio, cooperación… Recuperar las iniciativas ciudadanas de quienes, cada vez más, están rompiendo con las inercias de la fatalidad y la resignación.

Hay que dejar de duplicar esfuerzos, de autoflagelarnos, de conjugar la resta en vez de la suma y de culpar a los otros, para empezar por la transformación más importante: la de nosotros mismos.

Alfonso Zarate/eluniversal.com

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