Me tabletean los dientes

Me tabletean los dientes

NO LOGRO recordar dónde leí que el tablet de Apple (esa pizarra donde se leerán periódicos y libros y se verá televisión y películas) que se presenta hoy en San Francisco está llamado a cambiar el mundo. Sólo sé que era una página normalmente seria. La imprecisión no es importante. Sólo señala hasta dónde han llegado las aguas. Ningún producto industrial había causado nunca una expectación similar. Entre otras cosas porque ningún producto ha sido presentado como si fuera el lanzamiento de un cohete a Marte. Ésa es su primera y fantástica singularidad. La segunda, aún más fantástica, es que sobre el particular la empresa no ha dicho oficialmente nada más que esto: «Ven a ver nuestra última creación». Es decir, que si hoy Steve Jobs presenta una cafetera nadie deberá ofenderse. Apple es un empresa realmente revolucionaria que ha logrado desmentir dos claves del negocio periodístico. El rumor ya es noticia. La segunda es que la publicidad no se paga. Apple logrará mañana que la humanidad entera sepa del tablet habiéndose gastado el alquiler del Yerba Buena Center y unos pocos dólares en paneles y luces. Me acuerdo de los buenos viejos tiempos cuando los periodistas teníamos prohibido citar el nombre del hotel donde se celebraba una rueda de prensa cualquiera. Apple ha conseguido con sus productos un estatus parecido al que tienen las vacunas, los jugadores de fútbol o los novelistas. ¡Es el auténtico éxito No Logo!, el inútil libro de la Klein sobre el poder de las marcas del que ahora se cumplen 10 hirientes años.

Hoy veremos, pues, cómo cambia el mundo y hasta qué punto. En cuanto a la hipérbole (y ya que se trata de un cohete), sería deseable preferir la luna al dedo. La ansiedad ante el invento de Apple refleja sobre todo la profundidad de la crisis en que se debate la producción de la cultura en el mundo. Los periódicos, los libros, el cine, la música. Es decir, salvo el teatro, las bases de la cultura contemporánea. La tecnología (y la alfabetización es una de sus formas elementales) ha puesto en serio riesgo la subsistencia del sujeto creador. Y no se vislumbra una solución sencilla. De ahí que la ceremonia de mañana en San Francisco sea algo parecido a una Anunciación y Steve Jobs aparezca en el imaginario colectivo con la característica que se atribuía a algunos dirigentes políticos o algunos oráculos. El hombre providencial que ha de salvar a la humanidad creadora del colapso.

Arcadi Espada/elmundo.es

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