Llegamos tarde al entierro

Llegamos tarde al entierro

LOS POBRES miserables estaban ahí mismo. Al otro lado de la valla del hotel de cinco estrellas todo incluido. Estaban bajo el mismo sol que buscan ansiosamente las gentes ricas para broncearse. Andaban por allí, muy cerca de los lujosos complejos hoteleros en los que los europeos se dan masajes y se ponen ciegos a ron. Malvivían al borde del mismo mar color turquesa por donde pasan los barcos llenos de turistas bailando merengue o batuka. Los jaguars y los porsches que circulan por las autopistas de los verdes campos de golf de La Romana hubieran llegado allí en menos de una hora. Con sólo alargar quince minutos más la fiesta caribeña, les habríamos visto. Caminando al amanecer por las playas de fina arena del paraíso dominicano -qué gusto- casi hubiéramos podido llegar andando a las costas de Haití.

No les vimos cuando estaban supuestamente vivos y ahora tenemos que contemplarlos muertos, apilados uno encima de otro. Además, hemos llegado tarde a enterrarlos, porque los haitianos son un pueblo tan desgraciado que ni siquiera tiene la posibilidad de dar tierra a sus muertos. Que ya es decir.

Los grandes avances tecnológicos nos han servido bastante bien para ver sus cadáveres. Gracias a Facebook, twitter, Google y demás hemos seguido en directo sin movernos de casa la descomposición de los cuerpos bajo el mismo sol que a nosotros nos pone morenos. La tecnología nos ha ofrecido imágenes de una nitidez insoportable, pero ha llegado tarde a rescatar a los que estaban debajo de los escombros. Parece mentira en estos tiempos, pero los 10.000 soldados de la 82º División Aerotransportada de Obama, el portaviones, los miles de camiones de las ONG, los millones de euros donados por los europeos, las toneladas de ayuda occidental, los bomberos y los perros policía tardaron más de tres días en llegar a un sitio que no está en medio del desierto ni en la estepa siberiana, sino muy cerca de algunas de las instalaciones hoteleras más lujosas del mundo.

Ya veremos si los cientos de millones de euros y de dólares que dicen que van a ser enviados a Haití sirven para algo, aunque hayan llegado tan tarde. Porque los telemaratones de George Clooney, la cumbre de donantes de Sarkozy y los compromisos en caliente del mundo rico descargan mucho las conciencias, pero a lo mejor dentro de un mes, o un año, Haití vuelve a ser lo que siempre ha sido. Y como ya no será noticia ni en el Facebook, ni en el twitter, se volverá otra vez invisible, salvo a los ojos de las ONG.

Lucia Mendez/elmundo.es

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