La moda del maldito recluido

LA INTIMIDAD con Holden Caulfield nos avisó de que la vejez huele a Vicks Vaporub y de que no hay mayor certeza que el dolor de ser. En una ciudad que no aclaraba adónde iban los patos de Central Park en invierno y en la que el arcoiris era una mancha de gasolina en un charco, Salinger degradó a patología adolescente la búsqueda de sentido del romanticismo en aquella Europa a la que los enciclopedistas habían vuelto demasiado científica y descreída: un vacío del alma comparable al que sucedió a las bombas atómicas y el horror de los campos de exterminio y que permitió a Mailer etiquetar el agónico existencialismo hipster. Sólo que, con El guardián, Salinger limitó a una edad poco interesante y a un ambiente típicamente neoyorquino y burgués eso que Chateaubriand llamó el Mal del Siglo, reconocible en el suicidio de Werther, otro que no sabía cómo evitar la expulsión del campo de centeno.

La moda del maldito recluido

Recordando la moda de suicidios que inspiró el Werther, el propio Chateaubriand advirtió de la cantidad de hombres jóvenes que podían echarse a perder por la creencia de que ser escritor consistía en imitar una pose maldita. Un cortarse la oreja en vez de trabajar. En ese sentido, Julio Camba decía que la literatura, mal entendida, se convertía en una «profesionalización de la tara psicológica». Mucho de esto hay, en la hora de su muerte, en el elogio de la reclusión excéntrica de Salinger, como si eso, y no lo escrito, contuviera mérito literario. Leer a Salinger es recomendable. Pero resulta imprescindible hacerlo después de haber desbrozado los misterios anecdóticos que rodeaban la personalidad de un tipo probablemente insufrible que apenas se diferenciaba de Unabomber en que armaba textos en lugar de bombas. De lo contrario, cuajaría la idea equivocada de que ser escritor consiste necesariamente en encerrarse en una mansión más lúgubre que la cripta de Drácula, en beberse uno la propia orina, en tener una escopeta a mano para repeler a las visitas, y en ejercer una modalidad obsesiva del yoísmo basada en la misantropía y la renuncia a intervenir en los sucesos de su tiempo. Acepta eso, y el joven aspirante a escritor termina creyendo que traiciona un voto literario si no sufre mucho, todo el día, para procurarse la vanidad del inadaptado. Qué bobo prestigio, el de los adustos solitarios, el de los bordes de cabaña y cortina corrida. Uno siempre preferirá a los escritores vitales que salen al encuentro del mundo y que jamás dejan de saberse menos importantes que cuanto acontece.

David Gistau/elmundo.es

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