La generacion setentera

La generacion setentera

Nos define la oportunidad de haber vivido varias etapas de transición, de haber perdido la capacidad de asombro y ganado la permanencia de la perplejidad. Además de acontecimientos políticos, nos tocó experimentar innovaciones tecnológicas que transformaron nuestra cosmovisión.

Nací en 1958. Si usted, como yo, ronda el medio siglo de existencia, quizá comparta conmigo la dificultad para definir a nuestra generación. Las categorizaciones generacionales suelen darse a partir de hitos o momentos históricos, y nosotros carecemos de uno u otra que nos haya marcado de manera preponderante. Éramos niños en 1968, por lo que las revueltas estudiantiles nos pasaron de noche, y estábamos bastante maduros en 2001 para que los atentados terroristas en Estados Unidos reorientaran nuestra personalidad colectiva. Acaso 1989 sería nuestro referente. Fue el año axial de la globalización y de lo que yo llamo la era de Abraxas —mitad luz mitad sombra— que comenzó el rápido derrumbe del socialismo real y la lenta reversión del capitalismo a sus orígenes salvajes. Para entonces ya éramos treintañeros y ese parteaguas sí nos dejó una impronta identitaria.

Pero creo que hay algo que nos define más claramente. Me refiero a la oportunidad de haber vivido en plenitud juvenil varias etapas de transición, de haber perdido la capacidad de asombro y haber ganado la permanencia de la perplejidad. Además de los acontecimientos políticos y socioeconómicos que mencioné, nos tocó experimentar innovaciones tecnológicas que transformaron nuestra cosmovisión: durante la niñez, la masificación de la televisión con la irrupción del color; durante la adolescencia, la llegada de la computadora; durante la juventud, la aparición del fax y el teléfono celular. Poco después presenciamos el advenimiento de internet y la democratización de la información. Conocimos, pues, muchos mundos, o mejor dicho un mundo que se desdobló una y otra vez ante nuestros ojos. Y aprendimos a adaptarnos a todos ellos y a enriquecernos con esa permanente renovación de nuestra vitalidad.

Vivimos, además, una transición que usualmente pasa desapercibida. Es la mutación de valores que representaron los años setenta, los de nuestra pubertad y sus secuelas. A medio camino entre el idealismo social y pacifista de los sesenta y el hedonismo individual y materialista de los ochenta, con residuos psicodélicos y anticipos psicoterapéuticos, la década setentera nos dejó una génesis que absorbió revolución y evolución y nos volvió eclécticos y centristas por antonomasia. Hablo por supuesto desde mi muy personal mirador, pero creo que bastantes de mis coetáneos se identifican con esa caracterización. Somos prácticamente inmunes al dogmatismo, sea de izquierda o de derecha, y tratamos desasosegadamente de armonizar valores justicieros y modernizadores. Hemos visto romperse tantos tabús que la heterodoxia nos es prácticamente consustancial. Vamos, no aceptamos tesis de inmutabilidad y pureza ni hay apostasía que nos asuste, pero tampoco invocamos la tabla rasa.

La música es un reflejo elocuente. Nos selló lo mismo el rock que el soul y las baladas románticas, Led Zeppelin o The Doors y Roberta Flack o Jim Croce. De Los Beatles o Bob Dylan nos quedamos con la reverberación y de Air Supply o Cyndi Lauper capoteamos los prolegómenos. Atrapados entre All you need is love y Girls just wanna have fun, supimos apreciar tanto a Grand Funk Railroad o Creedence Clearwater Revival como a Chicago o a los Bee Gees, y gracias a la longeva exégesis de los Rolling Stones pudimos recorrer con gusto a Joan Báez o The Moody Blues, a Don McLean o Santana y a Michael Jackson o The Police. Vamos, fuimos capaces de sortear desprejuiciadamente el tránsito de Jimi Hendrix o Janis Joplin a James Taylor o John Denver. Evoco grupos y solistas anglosajones porque son los que se escuchaban en todo el mundo, pero también podría aludir al atardecer latinoamericano de la canción de protesta, al despertar de la salsa y al retorno de la trova y el bolero, todo bajo la mirada omnisciente de Serrat. Si eso no es una versatilidad generacional, no sé qué sea.

En este inicio de década, la segunda del segundo milenio, me pregunto qué papel podremos jugar quienes formamos parte de la generación setentera. ¿Serviremos de algo en un globo aldeano que palia la crisis sin atisbar la redención? Quiero pensar que sí, que nuestros genes metamórficos nos volverán catalizadores filoneístas de cara a esta nueva encrucijada de los tiempos. Y es que no somos insensibles a la tradición ni reacios al cambio, aquilatamos el pasado y el presente, entendemos la fuerza de la historia y el poder de la voluntad. Nada nos sorprende y todo nos intriga; todo nos concierne y nada nos parece vedado. Hemos vislumbrado las excrecencias del totalitarismo y la podredumbre del neoliberalismo de ruleta, pero también hemos sido testigos de las bondades del antiguo Estado de bienestar y las ventajas del progreso liberal. Padecimos la brida retardataria de los dogmas y disfrutamos del fuete transformador de la tecnología. Mientras nuestros predecesores son más proclives al ideologismo y nuestros sucesores tienden a soslayar el valor de los sedimentos, nosotros somos sincretismo encarnado. ¿Por qué no habríamos de cifrar una nueva era?

*Profesor-investigador de la Universidad Iberoamericana

Agustin Basave/excelsior.com

Deja un comentario