Invictus

Invictus

“Desde la noche que sobre mi se cierne, negra como su insondable abismo, agradezco a los dioses, si existen, por mi alma invicta”.

Durante 27 años, mañana, tarde y noche, en la prisión en la que se hallaba, Nelson Mandela se repetía estas palabras. Gozaba de absoluta plenitud cerebral, hormonal y muscular cuando fue recluido en Robben Island. Su delito: llevar hasta las últimas consecuencias la creencia de que el color de la piel de los hombres no marca su destino ni los hace culpables o inocentes.

Mandela —el preso 466— es un obsequio para la humanidad. Que exista alguien que eligiera el camino de la grandeza, el perdón y la reconciliación, en esta época de violencia extrema, de pérdida de valores y de no saber hacia dónde vamos ni de dónde vinimos, es un lujo.

En este momento, Invictus, la nueva película de Clint Eastwood, nos trae una de las mejores lecciones que puede recibir el pueblo de México. El título de la película fue tomado de un poema del mismo nombre escrito por William Ernest Henley, poema favorito de Nelson Mandela durante gran parte de su vida. Es un poema corto, cuya segunda estrofa dice: “Caído en las garras de la circunstancia, nadie me vio llorar ni pestañear. Bajo los golpes del destino, mi cabeza ensangrentada sigue erguida”.

Existen los milagros. Mandela, Sudáfrica y la década de los 90 fueron un milagro. Durante casi 60 años, el color de piel condicionó a una Sudáfrica castigada universalmente con el apartheid, que dejaba a una minoría blanca usar, abusar, destruir, violar al resto de los grupos raciales, ya fueran mestizos o coloured, bantúes o negros. Los negros sólo podían ir por la calles de los blancos cuando iban a servirles. El resto del tiempo tenían que vivir apartados en los barrios de Soweto, antes de morir o de que los mataran, aunque no en demasía, pues entonces ¿quién serviría al amo?

La historia está llena de injusticia, crueldad y daño. Algún día, los blancos pagaremos por la destrucción sistemática del continente negro. Pero dentro de tanta vergüenza colectiva existen buenos sucesos. La película Invictus cuenta —y ahí está la lección para México— cómo Mandela, siendo presidente de Sudáfrica, utilizó el deporte símbolo del opresor blanco, el rugby, para unir a su pueblo. Si el rugby era la pasión de los blancos, con equipos constituidos por los hijos de los amos, sería entonces el popular soccer de las pelotas de trapo, de las piernas rotas y las ilusiones sangrantes, el que representara al nuevo país.

Mandela dice a su pueblo que hay dos formas de construir destino común: sobre el odio, la separación y el rencor, o sobre un orgullo que debe ser, necesariamente, compartido. También, que el futuro exitoso o el fracaso de Sudáfrica dependen de lograr que una sola bandera, un solo nombre y los mismos colores los unifiquen por encima de las distinciones por el color de la piel.

El presidente negro se dedica entonces a preparar, proteger y llevar a los jugadores blancos de rugby a representar el color, la bandera y la esperanza del nuevo país. El resultado es un hecho histórico conocido por todos: Mandela reunió voluntades y superar rencores. Logró que su pueblo unido, por primera vez, respaldara al equipo de rugby que se convirtió en campeón mundial en 1995. No ganaron blancos o negros, ganó la emoción conjunta, y su nombre: Sudáfrica.

Veintisiete años picando piedra, 27 años leyendo o repitiendo, noche tras noche: “…Más allá de este lugar de lágrimas e ira yacen los horrores de la sombra, pero la amenaza de los años me encuentra, y me encontrará, sin miedo”.

Cuando llega la esperanza hay que tener mucho valor, ya no para perdonar, sino para entender que construyen mucho más la ilusión y el orgullo que la separación, y que los juicios hay que dejarlos en manos de Dios, quien crea en él.

Ojalá esta película, estelarizada por Morgan Freeman, sea vista por todos los gobernantes mexicanos. Ojalá entiendan que el poema “Invictus” tiene cuatro estrofas y cien años de dignidad. Ojalá entiendan que la sombra de la noche y los miedos fueron superados por el pueblo de México pero seguirán agobiando a sus dirigentes. Ojalá entiendan que, aunque ellos tengan miedo al éxito, el pueblo ya sabe y recita todos los días que… “no importa cuán estrecho sea el camino, cuán cargada de castigo la sentencia, soy el amo de mi destino; soy el capitán de mi alma”.

Antonio Navalon

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