Historias de la mera muerte

Historias de la mera muerte

Son jóvenes son guapos juegan a matarse. Ella se pinta las uñas de los pies sobre el salpicadero de cuero rojo cereza. Él conduce sonámbulo, ajeno al miedo en los ojos de quienes van a trabajar medio dormidos, asusta pelear a cuchillo con el estómago vacío.
—Te encantará el mar —dice él—. Una vez lo vi en la tele.
Ella perfila sus labios a juego con el cuero del salpicadero, los pies de cenicienta dos barquitos blancos, a proa diez lágrimas negras en un amanecer cereza.
—La tele no te moja los tobillos —dice.
Hace siete curvas se los tragó el abismo. Todos los jóvenes guapos quieren morir tarde o temprano, sólo unos pocos lo consiguen. La muerte sabe muy bien eso.
Otra cosa que no escapa a la muerte es que sus piernas son demasiado largas para la parte de atrás de un deportivo. Encajonadas en el asiento de delante tiene las rótulas a la altura de la eminencia mentoniana nada menos, el cráneo pegado al techo y la guadaña entre las tibias, apenas puede ver la carretera. Pero 450 caballos le zumban en el coxis, huele a sal y se adivinan las gaviotas. A la muerte le encanta el mar en esta época del año; la vida está en las pequeñas cosas.

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