Haiti, es que ya era asi

Haiti, es que ya era asi

EN SU CELDA de máxima seguridad, el doctor Lecter se divierte leyendo noticias curiosas como, por ejemplo, que una iglesia se derrumba encima de los fieles en mitad de una misa. A Lecter le fascina la idea de un dios malvado y juguetón, hecho a su imagen y semejanza, y le habría encantado enterarse de que, en una perfecta burla de las Bienaventuranzas, un manotazo sísmico ha arrasado el lugar más pobre de la Tierra.

Haití arrastra el sambenito de ser el país más desgraciado del globo. Si la frase tenía un solo gramo de exageración, esta semana ha dejado de tenerla. Un seísmo ha servido para situarlo en el mapa y, aunque mucha gente se echa ahora las manos a la cabeza, compadecidos por la catástrofe de moda, la inmensa mayoría de los haitianos podría hacer suya aquella sentencia brutal de El Roto y decir que el festín de destrucción no sólo es culpa del terremoto: «Esto es que ya era así».

Haití, la ruina flotante del Caribe, es también la trastienda del capital, el ejemplo vivo de todos los males del colonialismo, el reverso tenebroso de la República Dominicana, el culo de todas las estadísticas. Aunque tiene el honor de ser el primer lugar en que los esclavos se rebelaron en armas y consiguieron la emancipación por sus propios medios, desde entonces Haití sólo ha servido de decorado para películas de zombis y tiranos sanguinarios. Para el público occidental, los negros haitianos venían telegrafiados desde el vudú: alcohol, gallinas decapitadas, sangre y santería forman el cóctel exótico con el que explicarnos tanto y tanto desastre.

Porque hay una macabra ironía en el hecho de que el primer país que liberó a los esclavos acabe siendo la patria chica de los zombis. Haití no era más que un decorado barato y ya está hecho pedazos. El terremoto ha destrozado lo demás -el guión, la fachada, los figurantes-, dejando al desnudo el esqueleto puro del terror: una pesadilla de muertos vivientes, cadáveres en pie, niños huérfanos, desenterrados vivos que caminan entre cascotes.

A Duvalier, el monstruo genocida que gobernó el país a machetazo limpio, lo exhumaron 15 años después de su muerte y lo apalearon en un ritual de magia negra, quizá para demostrar que quien juega con zombis, zombi se levanta. Seguro que más de un brujo profetizó que aquel linchamiento post mortem no iba a traer nada bueno. Sobre el zombi (el monstruo definitivo, el mejor emblema del capitalismo salvaje y el mito por antonomasia del siglo XX) se han escrito incluso tesis doctorales pero sólo hay dos cosas ciertas: es nativo de Haití y tiene hambre atrasada.

David Torres

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