Hablar bien de Mexico, de nuevo

Hablar bien de Mexico, de nuevo

En agosto pasado, el presidente Calderón se quejó de que hay muchos mexicanos que hablan mal de México, es decir, que continuamente destacan sus problemas y sus debilidades. Lo mismo hizo el Presidente en febrero anterior, cuando, inclusive, catalogó como “catastrofistas” a quienes se atrevieron a resaltar las dificultades que padecemos. Hace unos días, en una reunión con nuestros embajadores, Felipe Calderón se quejó, de nuevo, de quienes hablan mal de México, y exigió que, a partir de ahora, se hable bien de nuestro país.

El señor Calderón tiene razón: contamos con cosas muy valiosas; no todo está mal. Sin embargo, lo que el Presidente no entiende, o no quiere apreciar, es que a todo lo bueno que tenemos lo opaca todo lo malo. Por ejemplo, contamos con una de las mejores cocinas del mundo, sin lugar a dudas, sólo que 20 millones de mexicanos sufren de pobreza alimentaria. Igualmente, en nuestro país hay médicos de talla internacional, pero más de la mitad de la población no goza de servicios de salud con calidad. Igualmente, nuestra tasa de “desempleo” es de las más bajas del planeta, nada más que no es realmente de desempleo, sino de desocupación, lo cual significa que, según las cuentas de las autoridades, hasta los vendedores de pepitas tienen “empleo”. Además de lo anterior, somos un país cuya población es todavía joven en su mayoría, lo que nos brinda gran potencial en términos de fuerza de trabajo, sin embargo, el promedio de escolaridad de los mexicanos es de nada más ocho años y, por si fuera poco, nuestra educación pública es de pésima calidad. De igual forma, contamos con una de las universidades más grandes del mundo y ha generado cuadros muy valiosos para el país, aunque también muchos “licenciados” que ni siquiera entienden la diferencia entre “haber” y “a ver”. Aunado a lo anterior, contamos con una legislación muy buena en términos electorales, sólo que, sobre todo a nivel local, no sirve de mucho, pues los gobernadores tienen “manga ancha” en relación con los institutos electorales de los estados. Asimismo, al menos en la Ciudad de México, existe un Reglamento de Tránsito de Primer Mundo, mas no sirve absolutamente para nada porque ni la policía lo respeta. De la misma manera, contamos con estupendas leyes contra la discriminación racial, étnica, sexual, etcétera, nada más que no nos sirven porque no se les respeta ni son respaldadas. Y no olvidemos que parte de lo que poseemos que es hermoso y digno de presumirse no es mérito nuestro realmente. En concreto, nuestras hermosas playas, selvas, desiertos, cañadas, lagos, lagunas, ríos, etcétera, son un regalo de la naturaleza: los mexicanos no hicimos nada para conseguirlos. Lo que sí hemos hecho es destruir y contaminar lo que la naturaleza, generosamente, nos obsequió.

El punto es, entonces, que sí es posible hablar bien de México, claro, pero, lamentablemente, por cada cosa buena que tenemos, contamos con una mala que, en muchos casos, es pésima. Si nos negamos a aceptarlo, nunca saldremos adelante: el primer paso para solucionar cualquier dificultad consiste en admitirla. Y no, no soy un mal mexicano ni un catastrofista: simplemente, creo yo, soy realista.

excelsior.com

* Investigador en la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Anáhuac

armando.roman@anahuac.mx

Deja un comentario