Esa herencia es mia

Esa herencia es mia
Buscar trabajo es, después de encontrarlo, la cosa más humillante de este mundo. Por eso un servidor ha envidiado
siempre a los rentistas. La gente, para buscar trabajo, se disfraza de buscadora de trabajo, lo que consiste en vestirse de un modo extrañamente mixto –una chaqueta de papá, la corbata del hermano mayor, la camisa blanca del día de la boda de la prima Julia, etcétera–. También conviene disfrazarse por dentro, por la parte del encéfalo. Si tienes un carácter brusco, ocúltalo con una capa de amabilidad. Si un carácter amable, disimúlalo con una apariencia de agresividad. Y es que para encontrar trabajo has de ser de forma simultánea dulce y duro, sumiso y rebelde, autodidacta y heterodidacta, alto y bajo, pobre y rico. También conviene que fumes y no fumes, que bebas y no bebas, que tengas y no tengas hijos, pero sobre todo que seas de Barcelona sin dejar por eso de ser de Madrid, o viceversa. Hay mucha competencia, lo que quiere decir que si tu entrevistador, por ejemplo, toma café, tú no deberías autoafirmarte con un té. Y si detesta a la familia, deberías ser soltero, aunque si se trata de un discípulo de Rouco, has de estar casado y con hijos.

Total, que cuando sales de casa con el currículum falso y la chaqueta falsa, y la corbata falsa y la agresividad o la dulzura falsa, y la biografía falsa, no tienes ni idea de quién eres ni en qué estación de metro debes apearte. Recuerdo perfectamente aquellas mañanas de mi juventud en las que salía a buscar trabajo disfrazado de buscador de trabajo y la sensación que me acometía, al poco de pisar la calle, de haberme tomado un hongo alucinógeno. Y es que me metía, por ejemplo, en un bar a tomar café y al verme en el espejo de detrás de la barra me reconocía y no me reconocía porque era yo y no era yo, todo a la vez. Dios mío, quién es ése, me preguntaba con frecuencia. Y como tenía amigos que tomaban LSD e ingerían hongos mexicanos, me reconocía a la perfección en las experiencias que ellos contaban sin necesidad de haber tomado nada, porque a mí el ácido y los hongos me daban ardor de estómago. Más de un trabajo he perdido por culpa de este ardor, pues para encontrar curro conviene drogarse y no drogarse a la vez. Y así como en las entrevistas lograba ser zurdo y diestro, jamás aprendí a narcotizarme y a no narcotizarme al mismo tiempo, de ahí que me costara mucho seducir a los jefes de recursos humanos, muy hábiles para cazar estas limitaciones.

Lo mejor para que te den trabajo es no necesitarlo. Tú estás tan tranquilo, en casa, viviendo de las rentas, y no para de sonar el teléfono con propuestas alucinantes. Fíjense, por ejemplo, en Oliart, un señor de más de 80 años, con una buena jubilación y con un patrimonio personal sin duda interesante. El hombre estaría en casa tomándose una infusión o escribiendo unas memorias, cuando suena el teléfono y le ofrecen la dirección general, o la presidencia, ahora no caigo, de Televisión Española. ¿Pero qué necesidad tenía de madrugar este señor? ¿No habría sido más sensato que se dedicara a escribir una obra maestra (es poeta, además de autobiógrafo) en lugar de meterse en estos berenjenales? Sin duda, sí, pero la indiferencia hacia el mundo laboral estimula de forma misteriosa el deseo de los patrones. Los jefes de personal están dotados de un sexto sentido para detectar a los individuos que ni necesitan el trabajo ni lo desean especialmente. Una vez localizados, establecen una cita y le preguntan a bocajarro:
—¿Le gustaría presidir Cajamadrid?
Es el caso de Rato, que ha dicho que sí por compromiso, pero sin ilusión. Ya me dirás, después de haber dirigido el FMI, lo que te importa a ti una caja local que además está llena de tiburones.

En fin, que un servidor siempre aspiró a ser rentista, al modo de Flaubert. Dado que mi familia no era como la del escritor francés, ni siquiera como la de Oliart o la de Rato, me monté una fantasía según la cual un día sonaba el teléfono y al otro lado estaba un notario. ¿Y para qué me llamaba a mí un notario? Para notificarme que un millonario excéntrico me había declarado su heredero universal. ¿Y cómo eso?, preguntaba yo. Para que se dedique a escribir novelas, hombre de Dios, respondía el notario. El caso es que tras haber alimentado esa fantasía durante media vida, dibujándola hasta en sus detalles más pequeños, le acaba de suceder, ya ves tú, a los príncipes de España. Pero si era una fantasía mía, por Dios, que tengo el copyright. Quiere decirse que para heredar, como para encontrar curro, lo mejor es ni necesitarlo ni desearlo. Es más, si lo deseas tú, le sucede a otros. Pero a ver cómo demuestro ahora que esa herencia es mia.

Juan Jose Millas/interviu.es

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