En el higado

En el higado

Ayer atracó en las playas doradas de Labedee, en Haití, el crucero de lujo Independence of the Seas, según reporta Excélsior, con tres mil pasajeros a bordo, que pudieron disfrutar de comidas opíparas, de los más sofisticados cocteles y de amenos deportes acuáticos. Todo ello a tiro de piedra del cataclismo, de la sangre y la muerte, de la pesadilla y el terror. Estuvieron, pues, bien protegidos por numerosos guardias armados. No les fueran a caer habitantes enfurecidos. Hambrientos o indignados. O las dos. Si yo hubiera estado por ahí, les caía. Me cae.

Dicen que un cierto número se negó a desembarcar. Algunos por considerarlo indigno. Otros sencillamente por miedo a los ataques de energúmenos desesperados. Si Dios existe, sus caminos son ciertamente inextricables. Aunque en mi pueblo lo decimos de otra manera. No, pos sí.

No sé nada sobre Haití. En fin, muy poca cosa. Sé que es país de negros. Negros negros. Casi no hay mestizos, pues no hay con quién hacerlos. Y sé que es país de pobres. Pobres pobres. Miserables. La indecencia francesa convirtió a Haití en mazmorra de esclavos; en los últimos años de su dominio, de los 400 mil habitantes sólo 10 mil eran hombres libres. La situación no se modificó significativamente después de la liberación. Ya no eran esclavos, pero seguían siendo negros y pobres.

Lo son tanto que ni siquiera se pueden plantear, como sus vecinos dominicanos, abandonar el escenario de su miseria. En esa cuestión, la lengua, su lengua, también se vuelve un hándicap insalvable. Y ahí también cae del cielo de los justos sobre los galos el estigma infamante, tan orgullosos ellos de la “Communauté Francophone”, que miman a Martinica y a los otros “territorios de ultramar” sumisos, que nunca se atrevieron a desembarazarse de su condición de colonia, mientras castigan con su soberbia indiferente a la rebelde Haití. La oveja negra.

No sé prácticamente nada de Haití. Solamente me acerqué a ese paraíso maldito a través de los grandes relatos de Alejo Carpentier y de Graham Greene. También supe de la existencia de los siniestros Papá Doc y Nené Doc, y de la abusiva y sangrienta intervención militar de los gringos, disfrazados con cascos azules —menos cínicos que hoy—, para deponer a Jean-Bertrand Aristide.

Asimismo, sabía que, muy sorprendentemente, fue el primer país latinoamericano en sacudirse del yugo colonial europeo. Tal vez con la ayuda del bisoño gobierno de Estados Unidos, para el cual la presencia europea —inglesa, francesa, portuguesa o española— en América era asaz indeseable, en un adelanto de lo que años después sería llamado la Doctrina Monroe.

“América para los americanos” no suena mal, siempre y cuando quede claro qué es América y quiénes son los americanos. Cosa que, me temo, no se aplica a los gringos. Siempre se han hecho bolas, hasta la fecha, con ese asunto. Y cuando pretenden tenerlo claro es peor: América va de Tierra del Fuego a Las Aleutianas, sí, pero los americanos que la reclaman como propia son sólo ellos, los gringos.

Y también recuerdo que, en algún momento, después de la independencia, el Libertador se refugió en el occidente de Quisqueya y recibió apoyo de los gobernantes haitianos. No perdamos de vista que Bolívar tenía su propia doctrina Monroe y su proyecto emancipador también comprendía el continente entero, independientemente de la lengua hablada por la metrópolis colonial y sus vasallos americanos.

Y hasta ahí. No sabía gran cosa más. No conozco a ningún haitiano. Como acabo de decir, hay muy pocos por este mundo. Hay muy pocos haitianos en el extranjero, y muy pocos extranjeros en Haití. Sé de Gerard Pierre-Charles, notable sociólogo comunista, refugiado en México durante la dictadura duvalierana, y amigo muy querido por mis amigos. Raúl y Édgar me han contado de él, pero ignoran cuál habrá sido su suerte.

Hoy, después de la catástrofe (durante, debí decir, pues la hecatombe no duró los 60 segundos del sismo, sino que sigue ahí, y seguirá ahí, acrecentándose), no sé mucho más. Tantito sí. Para eso sirven los deportes y los grandes desastres, naturales o no. Vamos conociendo el mundo.

Haití ha sido estos días escenario de tres fenómenos: el primero telúrico. La falla de Enriquillo, que separa la enorme placa de Norteamérica de la del Caribe, falló. Hacía 160 años que no lo hacía, y no fue liberando energía poco a poco, en sismos pequeños. La fue guardando toda para dilapidarla junta ese infausto martes. Es un fenómeno explicable y explicado.

El segundo es la inmensa ola de solidaridad que se ha levantado en el mundo entero. Ola sin precedente alguno. Incluso en catástrofes mayores y en comunidades tanto o más pobres, como el maremoto de Indonesia a finales de 2004. Me cuenta Joan Manuel, que estuvo de guardia el domingo en la Cruz Roja de Polanco, que lo donado por particulares ese solo día llenó dos tráilers. Es algo inexplicable y que sin embargo clama ser explicado.

Y el tercero y no menos significativo fenómeno es la intervención militar estadunidense que, desfachatadamente, en nombre de propósitos humanitarios y bajo la cobertura del siniestro —siniestros ellos— se está produciendo. Desde las primeras horas se apoderaron del aeropuerto de Puerto Príncipe y son ellos los que controlan quién entra y quién sale. En el momento de teclear estas líneas, ya son 15 mil los piadosos efectivos. Si dice usted, preciso lector, soldados armados, todo quedará más claro. Fenómeno explicable y explicado, cien veces repetido y no por ello menos abominable.

Con Haití en el corazón y en el cerebro. Y en el hígado.

Marcelino Perello/excelsior.com

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