Elogio del pesimismo

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EL MUNDO ha elegido la semana pasada el pesimismo como Enemigo del Año. Como soy un pesimista contumaz, me veo obligado no sólo a discrepar sino a defender mi visión de la vida.

Creo que, al igual que sucede con el optimismo, hay dos tipos de pesimismo: el activo y el pasivo. Éste se caracteriza por la aceptación fatal de la existencia, pero el primero implica una actitud de lucha para evitar la adversidad.

Yo me considero un pesimista activo o sea una persona que piensa siempre que va a suceder lo peor y pone los medios para que no suceda. Me parece una actitud más saludable que la de los optimistas pasivos, que se cruzan de brazos en la confianza de que el futuro les será favorable. El ejemplo más notorio de optimista pasivo es Zapatero, que confunde la realidad con sus sueños.

La Historia está llena de pesimistas que han cambiado el curso de los acontecimientos. Ahí están Julio César, Cromwell, Robespierre, Lenin y Churchill, al que se le tachó de catastrofista por avisar de las intenciones de Hitler.

También hay muchos ejemplos de optimistas que se han estrellado contra la realidad. Napoleón me parece el ejemplo más claro. Su fracaso provocó la restauración de la monarquía absoluta en Francia.

El principal peligro del optimismo es su creencia en el progreso. Rousseau, Locke y Hegel son los tres grandes culpables de haber difundido la perniciosa e ingenua idea de una evolución racional del mundo, del triunfo de un orden ideal sobre una realidad caótica.

Pero no es así. Pretender que la etapa histórica en la que vivimos es una fase superior a la Atenas de Pericles no deja de ser una suposición indemostrable porque internet no supera las muchas ventajas del ágora. La tecnología es un medio, pero no un fin.

Ser optimista comporta una peligrosa confianza en el futuro que puede acarrear una incorrecta valoración de las situaciones. Ser pesimista supone buscar la verdad tras la apariencia engañosa de las cosas. Spinoza, Pascal y Hume fueron grandes escépticos que dudaban de la fiabilidad de la percepción de los sentidos.

Resulta mucho más fácil gozar de la vida siendo pesimista que optimista porque, cuando uno espera lo malo, lo bueno es siempre una grata sorpresa, una especie de premio inesperado.

El gran error de los optimistas es no creer en el azar. Pero el azar existe y condiciona nuestra vida. El optimista es un determinista que cree en una imaginaria armonía universal de la que él forma parte. El pesimismo gravita sobre la duda, el optimismo sobre la certeza. El primero implica una actitud relativista de la existencia, el segundo nos empuja hacia las ideas absolutas.

Lo que Carmen Iglesias en su brillante artículo llamaba el «optimismo cognoscitivo» que no ignora la realidad del mal y el dolor, yo lo llamo pesimismo activo porque, como la experiencia empírica demuestra, casi siempre lo peor es cierto.

Pedro G. Cuartango/Elmundo.es

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