El triunfo de la belleza

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Qué bien me siento, como un gusano que se come la mitad de su cuerpo, la vomita y enseguida vuelve a tragársela. Y está siempre completo. Y continúa viviendo. Los perros domesticados son mis enemigos. No soporto su mirada piadosa porque está llena de miedo. Sus amos colocan la correa alrededor de su cuello y respiran aliviados: dominan a un perro que se los tragaría vivos si midieran veinte centímetros.

Me dicen que otro año ha pasado y les respondo que cada día que se marcha un año se consume, el veinte de diciembre del dos mil nueve no volverá jamás. Y las cárceles se encuentran repletas de inocentes mientras que los jueces comen pavos decapitados en sus mesas de ébano e ingieren vinos que las narices francesas olieron y aprobaron como inmejorables.

Me gustaría que todos esos viejos amigos que han dejado de quererme murieran sin que nadie los reconozca a excepción de sus deudores. Los deudores dirán: “van a enterrar a este mal nacido con mis cinco mil quinientos pesos en su podrido estómago”.

De pronto viene a mi mente la frase memorable de un amigo que ahora debe de tener cuerpo de odre y aliento de coladera: no estoy feliz sólo con mi éxito, deseo también el fracaso de mis amigos.” A él lo sigo queriendo y espero que el dios de los cristianos extienda la prole de mi amigo hacia los cuatro puntos cardinales. Y también saludo a las mujeres que se dicen mis amigas y que por eso mismo dejan de ser mujeres deseables y se convierten en un tumor que nadie esperaba, ni deseaba.

Las drogas se seguirán vendiendo y consumiendo y disfrutando por los siglos de los siglos. Y mientras esto sucede las bestias continuarán matándose las unas a las otras. Los escritores seguirán creando historias que no interesan a nadie más que a ellos mismos y usarán las instituciones que dirigen para darse prestigio. En seguida se premiarán los unos a los otros, se acariciarán el trasero y una mueca de suma importancia llegará a sus rostros. A casi todos ellos no los cambiaría por una olla cochambrosa. Qué bien me siento.

Desearía enfermarme cuanto antes para comenzar a roer a las personas y robarles un poco de vida. “Te quiero tanto que desearía que te murieras”, me espetó hace una década mi más querida amiga. Pero no he muerto porque ella ha dejado de quererme. Mientras esto sucede, en los hospitales privados los doctores catean a los pacientes en busca de sus tarjetas de crédito, no pondrán ni un antiséptico en la herida supurante si los moribundos no comprueban que son económicamente solventes. Las tripas al aire continuarán fuera del vientre como jardines colgantes si el herido no pone en manos del médico por lo menos la hipoteca de su casa. Y en los hospitales públicos los doctores sentados sobre sus almorranas ni siquiera verán a los pacientes a los ojos porque estos pacientes no son más que almas muertas que ocupan un espacio cuando no deberían siquiera existir. Como aliciente, en ciertas salas de espera los enfermos podrán mirar una pantalla de televisión y tendrán la mejor de las educaciones del mundo. Serán educados mientras aguardan a que su médico termine de comer su torta de queso de puerco para atenderlos.

No todo es malo: este año compraré una casa que bien mirada será como la madriguera de un suricato y tardaré veinte años en cubrir la hipoteca. Cinco años antes de que esto suceda me moriré con la duda de si en verdad esa casa alguna vez me perteneció. Qué importa, si ya estaré en una caja un poco más chica, un ataúd que pagarán los pocos amigos que me serán fieles hasta entonces. Y asistirán a mi entierro sólo para lucirse y susurrar que ellos tuvieron que cargar con los gastos porque yo nunca ahorré ni puse atención a las cosas mundanas.

Qué bien me siento en estos días en que hasta los monos son artistas. ¿Será así en el otro mundo? ¿Esta belleza se extenderá también al más allá? Espero que el destino no me defraude y que ese dios que ronca allá arriba desde hace siglos se despierte y me diga que el paraíso ha sido diseñado como una copia exacta de nuestro mundo. Y entonces mi sonrisa irá de un polo a otro de la tierra. Y descansaré en paz.

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