El proximo terremoto

El proximo terremoto

Sólo es cuestión de tiempo: algún día, tarde o temprano, ocurrirá un gran terremoto en Ciudad de México. No se caerán las torres de 50 pisos porque están especialmente diseñadas para resistir temblores. Se derrumbarán edificios de cuatro o cinco niveles construidos hace varias décadas, inmuebles que ya han sido afectados estructuralmente por otros seísmos.

Esta destrucción reducida, en comparación a la devastación que ocurre en otros países —Turquía, Haití, etcétera— donde los terremotos tienen efectos ruinosos debido a la canallesca negligencia de los constructores (y la criminal complicidad de las autoridades), significará, de cualquier manera, la muerte de centenares o de miles de personas. ¿Qué podemos hacer, ahora, para evitarlo? Casi nada, señoras y señores. No podemos imaginar una estrategia de desocupación de inmuebles viejos como no podemos tampoco pensar que las autoridades —esas mismas que no tienen siquiera la capacidad de reparar los baches de las calles— van a tomarse la molestia de hacer un dictamen técnico de esos edificios y determinar, desde ya, que no deben ser habitados.

Es decir, estamos hablando de una catástrofe anunciada ante la cual no tomamos medida alguna. Me llama mucho la atención, en este sentido, la asombrosa propensión de los humanos para poner en marcha el mecanismo de la negación: sabemos que conducir alocadamente el coche nos pone en peligro de muerte y lo hacemos de cualquier manera; sabemos, también, que el tabaco es nefasto pero seguimos fumando; y aunque sospechamos que ese edificio desnivelado de la Roma o de la Condesa no es precisamente el techo más seguro que podamos conseguir, asentamos allí nuestro dulce hogar de la misma manera que otros edifican su precaria vivienda en el antiguo lecho de un río o en las faldas de un volcán.

Suplicamos, por un lado, las mercedes de la divinidad —la piadosa dispensa de cualquier infortunio personal— y, a la vez, nos colocamos deliberadamente en situaciones de riesgo. Es muy extraña, la condición humana.

Roman Revueltas Retes/mileniodiario

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