Cultura yanqui

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Hablar de cultura yanqui parece una paradoja como “el pensamiento navarro” de Pío Baroja, especialmente hoy que el intelectual eurocéntrico desprecia cuanto ignora, empujado por la persistente campaña antiamericana por las guerras de Bush, más el complejo de inferioridad de los propios europeos. Yo -les pido perdón por la osadía- viví tres años en Estados Unidos: uno en Milwaukee (Wisconsin), con una familia, estudiando el último año de secundaria, y otros dos en Berkeley (California), para sacar un máster en Urbanismo; creo que he podido calibrar mínimamente el nivel cultural de aquel país. Mi hipótesis de trabajo es que en el siglo XX, Estados Unidos desarrolló una cultura -o sea, arte, literatura, ciencia, nivel de vida, Estado de derecho- que, en el transcurso del siglo, fue eclipsando y reemplazando a la europea en la hegemonía mundial. Así como en 1900 el centro de la pintura estaba en París, en el 2000 está en Nueva York; en literatura, después de Proust, Francia declina y suben los novelistas americanos, Hemingway, Faulkner, Steinbeck, hasta llegar a los actuales. En el arte propio del siglo XX, que es el cine, la hegemonía de Estados Unidos es total. Para las ciencias basta repasar la distribución de premios Nobel, universidades y revistas científicas.

Como cubierta por un ala de tiniebla, Europa se oscurece desde 1900 porque traslada sus luminarias a Estados Unidos: la locura de Hitler, o sea, de los alemanes, y los salarios de Harvard, Princeton o Chicago empujaron y atrajeron a las mejores mentes de Europa hacia Estados Unidos. No es que los yanquis de pronto se tornaran inteligentes o refinados, es que a partir de los años treinta recibieron un aluvión de genios europeos, desde Einstein y Fermi hasta Hitchcock, Toscanini o Chaplin. En UC Berkeley en 1969 aún pude asistir a las clases de Leo Lowenthal, miembro de la escuela de Frankfurt, que llegó a EE.UU. junto con los demás miembros de esa escuela sociológica: Theodor Adorno, Max Horkheimer, Eric Fromm y Herbert Marcuse. Estos cinco pensadores de primera categoría se colocaron en diferentes universidades americanas y elevaron impagablemente su nivel. Algunas grandes figuras como Popper, Gombricht o Koestler se quedaron en Inglaterra, pero el grueso de la inmigración vienesa y alemana se instaló en Estados Unidos. La locura de Hitler puso a los autores de la bomba atómica a disposición de Estados Unidos en Chicago y Alamogordo. Sin Werner von Braun, la NASA no habría despegado hacia la Luna.

Al finalizar el siglo XX la estela de todos los cerebros europeos reclutados en Estados Unidos -a partir de 1945 ya fue con salario alto y buenos laboratorios- había creado unas condiciones culturales bastante por encima del nivel europeo, por alto que éste sea. Dadas estas condiciones objetivas, ¿tiene sentido que los europeos -mal aconsejados por algunos de sus intelectuales, sobre todo franceses- desprecien la cultura norteamericana y la acusen de imperialismo cultural?

Un ejemplo de lo que significa cultura norteamericana es la biografía de Edmund Wilson que hallé en la excelente librería Central, digna sucesora de aquella estupenda Letteradura de los años setenta. Wilson, que nace en 1895 y muere en 1972, fue escritor y crítico literario, compañero de Scott Fitzgerald en Princeton, bohemio de Greenwich Village en los años veinte, marido de Mary McCarthy en los cuarenta, biógrafo de la revolución rusa en A la estación de Finlandia: un estudio sobre la escritura y la acción en la historia y crítico de referencia en The New Yorker: su figura, formada en la tradición de los Adams, James o Eliot, encarna la alta cultura yanqui en contraposición a la cultura de masas, que es la única que suele distinguirse desde Europa. ¿En qué consiste esta high culture, como la denominaba Lowenthal? En su nivel europeo, claro está, pero de la Europa del siglo XIX y siglos anteriores, cuando las elites educadas en grandes universidades marcaban la pauta. Ortega lo explicó perfectamente en su Rebelión de las masas, la alta cultura se distingue por las exigencias, y el deseo de excelencia que se impone en sí misma. Esa alta cultura americana está en la literatura, la música, la arquitectura, las artes plásticas, algún cine y, por supuesto, la ciencia.

Claro está que con la rotura vanguardista de principios del siglo XX, el canon de valores de la cultura occidental -entonces casi toda europea- dejó paso a una época de cambio acelerado, pruebas y errores, hallazgos y esterilidades, desprovista de criterios globales para juzgar el arte: que sí mantuvo la ciencia, arropada en la experimentación y las matemáticas. En ese vacío de criterios, Wilson y las gentes de The New Yorker o del New York Review of Books pusieron un mínimo de orden, ayudados por Oxford y Cambridge, para contrarrestar la disparatada logorrea francesa, incluso italiana.

¿Por qué las películas de Hollywood son más vistas o la música pop arrastra a millones de jóvenes europeos a los conciertos? Nadie les obliga a oír aMiles Davis, Bill Evans o The Doors, ni a ver a los Hermanos Marx, Gene Kelly o Fred Astaire: a mí más bien me impidieron que viese a Rita Hayworth y Marilyn Monroe.

Hablando con Gore Vidal o leyendo la visita de Edmund Wilson a Santayana en Roma acabada la guerra mundial, he intuido una cultura que, nacida en Europa, se desplaza y arraiga en EE.UU. a lo largo del siglo pasado en que Europa se volvió loca y arrojó por la borda, a la otra orilla del océano, a las mejores cabezas de su generación. ¿Por qué no reconocer que, como las cepas europeas llevadas a California y devueltas a Francia tras la mortal filoxera, la cultura europea se ha trasplantado a EE.UU., de donde puede volver, traída por quienes se tomen la molestia de estudiar en sus universidades y de indagar sin perjuicios, abiertamente, en esa cultura, que ha sido la del siglo XX?”

Luis Racionero/lavanguardia

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