Concurso de belleza

Concurso de belleza

Se celebra en Arabia Saudí un concurso de belleza. De camellos, claro. Han participado lindas bestias procedentes de Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes y el país anfitrión. El jurado debía apreciar la perfección, la apostura y el atractivo de 17.400 camellos en la flor de la vida. Los han dividido en cinco grupos, según su piel. Estos concursos de bellos camellos causan furor, una especie de jorobado deseo, violento e insaciable, entre la población, que disfruta de tales eventos durante los cuales se reparten miles de riales saudíes en premios. Que cobran, por supuesto, los propietarios de los artiodáctilos rumiantes. Son un canto a la lindura de la giba, al esplendor de la adiposidad, a la austeridad beduina del desierto. Un excitante Miss Camel Trophy cuya ecológica modernidad deja en nada a esos otros concursos de Reina de la Belleza Moral que tienen lugar en la propia Arabia Saudí y donde compiten mujeres ataviadas con el ronzal de un burka para así concienciar a las féminas de que la belleza está en el interior (bien encapuchada). El intercambio de mujeres por camellos es una de las costumbres comerciales más simpáticas y neolíticas de los moradores del desierto desde tiempo ha. No es extraño, pues, que sus camellos estén a la misma altura que sus mujeres en cuanto a consideración estética (por no decir jurídica, etc.). Pero, según parece, un imán se ha apresurado a emitir una fatwa o decreto religioso (los imanes tienden a emitir fatwas con la misma facilidad con que nuestro Gobierno emite Bonos del Tesoro), condenando el concurso de camellos como un acto malvado, contrario a los designios de Alá. Ninguna fatwa se ha difundido, que yo sepa, contra la condena a recibir 90 latigazos, más dos meses de cárcel, para una niña de 13 años por llevar su teléfono móvil al colegio. En la siempre avanzada –nuestra aliada– Arabia, antes harán pasar a un camello por el ojo de una aguja que a una mujer por la dignidad de ser persona. (Insallah).

Angela Vallvey/larazondigital

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