Catarsis y año nuevo

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DIERON las doce. Y Leo, a sus tres años, se echó a llorar. Se iba el 2009, y decía que le iba a echar mucho de menos. Le expliqué que los años no se van, que se quedan para siempre con nosotros, en el recuerdo, y en la piel. Que nos van dibujando poco a poco. Pero él lloraba desconsoladamente. La sensación de pérdida le sacudía y punto. Algo terminaba. La nochevieja tiene algo de catarsis. Nos abrazamos los unos a los otros, lloramos, exaltamos las emociones hasta romperlas. Y está bien. Porque pasamos la vida conteniendo verdades que estorban, que no encuentran nunca su lugar, y esa noche nos permitimos un punto de inflexión donde besar al enemigo, suavizar la acritud o decir lo siento. La vida sigue, pero cogemos oxígeno como si le diéramos la vuelta a la cinta y nos concediéramos otra oportunidad. Empezar de nuevo. Intentarlo otra vez. Revisar el sueño. Mirar hacia delante y ver que se escuchan con calma, que la serenidad ensombrece las ganas de descalificarse, negarse y escupirse a la cara. Que aquellos que nos representan se miran por fin, unos a otros, desde la comprensión y la intención de llegar a un consenso cuya única prioridad sea protegernos y ayudarnos a construir nuestras vidas. Mirar y ver que nadie se ríe de nosotros. Que somos capaces de pararnos, de besar, de sorprender, de sonreír más a menudo. De asumir que pasa el tiempo y las cosas cambian. España gana la Eurocopa, a Obama le conceden el Premio Nobel de la Paz, Berlusconi se va de putas con dinero público y le parten la cara, Aminatu vuelve a casa, y vuelven también los pescadores del Alakrana, ninguna mujer española deberá esconderse para abortar, y cualquier amor homosexual o heterosexual podrá respirar con dignidad; nuestro país se encuentra a la cabeza en la conquista de los derechos sociales más necesarios, que reflejan la madurez de una sociedad que pedía a gritos un reconocimiento de su verdadera identidad. Y ahora Europa tiene seis meses para contagiarse de nuestra capacidad de disfrutar intensamente de esta vida. De nuestro sentido del humor. De nuestras ganas. Que todo el que aterriza de madrugada en la Gran Vía no da crédito al movimiento, al eclecticismo, al entusiasmo, a la intensidad.

Empieza el año, y tenemos la posibilidad de ser sinceros. De mirar a los ojos y no tolerar ni una falacia más. Ni media hipocresía. Borrar del móvil todo nombre que absorba tu energía sin darte nada a cambio. Ganar tu tiempo, sin dejarte llevar por quien tiene otros planes para tus horas. Decir que no, y decirlo a tiempo.

Cayetana Guillen/elmundo.es

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