Cabañas: antro, prepotencia y oportunismo

Cabañas: antro, prepotencia y oportunismo

Por supuesto que la agresión contra Salvador Cabañas es condenable desde cualquier ángulo. Nadie merece ser baleado, donde quiera que se encuentre. Famoso o no famoso. No importa que sea en un antro. Empero, esto no nos debe cegar y es necesario reflexionar sobre el entorno que rodea el penoso caso del goleador paraguayo del América.

¿Quién protege al Bar-Bar, antrazo de ricos y famosos donde se practica la discriminación —a un parroquiano cualquiera se le niega la entrada—, que cierra a la hora que se les antoja, viola los reglamentos y permite que la droga corra dentro de sus baños, pistas y salones? ¿Por qué se permite entrar con armas? El dueño es un libanés que se llama Simón Charaf.

¿Quiénes son las autoridades delegacionales, o del Gobierno del DF, que han extendido un manto de impunidad sobre el funcionamiento del Bar-Bar? ¿Cuánto se les paga?

¿Por qué, tras el hecho, se monta un lamentable show de oportunismo mediático por parte de la PGJDF, para simular celeridad en las investigaciones? ¿Acaso no sabían que el Bar-Bar era un monumento a la impunidad?

Ya lo clausuraron. Como siempre: primero consentir el delito, luego aplicar la ley.

Sin embargo, ¿por qué se permitió la entrada a las autoridades a las nueve de la mañana? ¿Por qué se permitió que se lavara el baño donde Cabañas fue baleado? ¿A quién ocultan los dueños del Bar-Bar?

El antro tiene en Cuauhtémoc Blanco a uno de sus principales clientes. También Memo Ochoa, a quien ya golpearon por querer pasarse de listo con una chica. Además, allí van políticos, empresarios poderosos y famosos. Ese es el lugar donde estaba Cabañas.

Y si bien Salvador, como cualquiera de nosotros, tiene todo el derecho a divertirse, ¿es sano para un jugador de futbol de uno de los equipos más importantes y populares del país mostrarse al amanecer, bebiendo alcohol, en un antro de pésima reputación? No somos mojigatos, pero hay formas. Y lo que hacía Cabañas no es, por mucho, el mejor ejemplo que debe dar un deportista.

“Fue un asalto, no una riña”, intentó justificar el presidente del América, Michel Bauer. ¿Acaso él estuvo a la hora que balearon a Cabañas? ¿Por qué Bauer pretende manipular una situación a todas luces provocada por los sentidos nublados por el alcohol, la prepotencia y el ambiente nocivo de un antro de mala muerte como el Bar-Bar?

Hay que decirlo: Cabañas no es el mejor ejemplo de honestidad, amabilidad y humildad en el futbol mexicano. Además de los problemas que ha tenido con Hacienda por no pagar impuestos, no son pocos los aficionados americanistas que se quejan de su prepotencia al pedirle un autógrafo afuera del club. Les avienta el carro. Los insulta. Les mienta la madre. Ya una vez su prima atropelló a un adolescente… a bordo de la camioneta del paraguayo.

Sin que nada justifique la agresión, Cabañas tiene esa famita: prepotente, abusivo y grosero.

¿Por qué descartar entonces que Cabañas, en un alarde clásico de perdonavidas, contribuyó a la agresión?

Insistimos: lo lamentable es la violencia contra él y hacia cualquiera de los capitalinos, en una ciudad con vacío de autoridad y hundida en la criminalidad. Pero no dejemos de lado otras cuestiones.

¿O acaso debemos creer que sólo el delegado de Álvaro Obregón, Eduardo Santillán, es el único culpable de que el Bar-Bar opere hasta las siete de la mañana?

Y tras el ataque, el oportunismo. Hasta el procurador de Justicia del Distrito Federal llegó al lugar. ¿Por qué no siempre se actúa con la misma celeridad o bajo los mismos parámetros de impartición de justicia?

Están detenidos tres empleados. Adelanta el procurador que pudo ser ejecución. Ojalá, ahora sí, que la PGJDF realice investigaciones profesionales y no caiga en la tentación de fabricar culpables, que es el sello de la casa.

No nos vayan a salir con que el responsable también fue El Apá.

Martin Moreno/excelsior.com

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