Apadrine un cadaver

Apadrine un cadaver

CIERTAS CORRIENTES filosóficas aseguran que la relación entre el mal y el bien es asimétrica, que, en contra de Leibniz, Jorge Guillén y otros risueños, el mundo no está bien hecho. Bien mirado, el pesimismo no es más que una variedad del realismo o un correlato lógico del sentido común. En Provocación, Stanislaw Lem asegura que hay menos formas de ayudar a los demás que de perjudicarles, simplemente porque así es la naturaleza de las cosas. Hay cien maneras distintas de destrozar un vaso y ninguna de recomponerlo. Hay miles de formas de matar a un hombre y ninguna de resucitarlo. El terremoto de Haití resulta un excelente laboratorio para probar este argumento.

Apartemos lo obvio: la sordera generalizada del mundo feliz ante una desgracia que llevaba floreciendo décadas antes de que a la tierra le diera por temblar. El generoso patrocinio con que el occidente civilizado (mención de honor para EEUU y Francia) sembró, regó y abonó en la isla a algunos de los peores tiranos del planeta. El bostezo unánime con que la ONU ha acogido siempre la más pequeña petición de auxilio a Haití, si es que alguna vez ha sonado en ese ilustre cónclave de bellos durmientes.

No obstante, sin pensarlo dos veces, mucha gente de buena fe ha liado el petate y se ha lanzado de cabeza al epicentro de la catástrofe: bomberos, cooperantes, médicos, militares. Millones de simples peatones han intentado arrojar su modesto salvavidas sin sospechar que la ayuda iba a quedar pudriéndose en el aeropuerto de Puerto Príncipe, a falta de carreteras y caminos. Mientras tanto, las bandas de matones y saqueadores que campan a sus anchas sobre un país desvencijado rebaten golpe a golpe la peregrina teoría de que una desgracia saca a la luz lo mejor del hombre.

Basta un solo dato para demostrar cuánta razón tenía Lem en su postulado del mal antropológico: los huérfanos. Esos huérfanos haitianos que no tienen más horizonte que el hambre y que una alambrada de leyes imbéciles y abstrusas impiden acoger al otro lado del mar, en una habitación decorada con caballitos. Con la cantidad de parejas sin hijos que esperan para adoptar y los políticos trabajando día y noche para que esos niños acaben en los hospicios tenebrosos de China, en los prostíbulos de Río, en las factorías ilegales, en las guarderías del infierno y los sótanos del mundo.

El terremoto de Haití ha dejado, entre otras hecatombes, un enorme reguero de huérfanos para engrosar la cuenta ingente del mal. Porque, en efecto, es mucho más fácil maltratar a un niño que ayudarlo. Los gobiernos lo muestran día a día niquelando lo que siempre han hecho, lo único que saben hacer: nada.

David Torres/Elmundo.es

Deja un comentario