¿2010 o 2012?

¿2010 o 2012?

LA REVISTA Smith pidió a sus lectores que enviasen autobiografías escritas en seis palabras. Podrían ser epitafios. Yo supe de ellas por un suelto aparecido en El País. El modelo era un cuento de Hemingway: «Se venden zapatos de bebé. Sin estrenar». Una tragedia expresada en media línea. Fernando Fernán Gómez la reiteró, con variantes, en uno de sus libros. Algunas de las autobiografías (o epitafios) publicadas son demoledoras. «Nací en California -dice una-. Después no pasó nada». Otra, que encoge el corazón, confiesa: «Yo sigo preparando café para dos» (ya había dicho Quevedo en el más célebre de sus sonetos: «Serán ceniza, más tendrá sentido». No sólo la muerte. También la ausencia viva puede ser polvo enamorado). Pero la más dura de todas, y la más certera, porque define a la perfección el mundo actual y a los seres que lo habitan, reza: «Nacimiento, infancia, adolescencia, adolescencia, adolescencia, adolescencia». ¿Salen, acaso, alguna vez de ella los adultos que nacieron con la tele puesta, jugaron con vídeoconsolas, estudiaron con la LOGSE, viajaron con una Erasmo, crecieron con el fútbol, se amorraron al botellón, aullaron en los conciertos, chatearon en las redes sociales, militaron en los grupos antisistema, creyeron que viajar era hacer turismo, leyeron El alquimista, El código Da Vinci y La sombra del viento, suscribieron una hipoteca, se acogieron al subsidio de desempleo, se prejubilaron en la flor de la vida y abandonaron ésta sin haber vivido? La autobiografía en cuestión es el perfecto epitafio de la especie humana en el año que ahora empieza. Pongo la tele, oigo la radio, buceo en la Red, salgo a la calle, miro alrededor y sólo veo adolescentes. Muchos de ellos tienen arrugas, renquean y peinan canas. También yo. Murió el año y van muriendo mis parientes, mis amigos, mis enemigos, las muchachas que amé. Escribo ya mis memorias. Dijo Kierkegaard: «Aunque la vida sólo puede entenderse en retrospectiva, tiene que vivirse en perspectiva». Difícil es eso, a partir de cierta edad, para quien no siga siendo adolescente. Envejecer es tener más recuerdos que proyectos. «Tó pá ná», dice un epitafio. «Ná de ná», insiste otro. «Guardó su casa e hiló», se lee en la tumba de una matrona romana. Yo busco el mío. «¿Cuidó de los suyos y escribió?». Memorias, autobiografías, epitafios: todo es lo mismo. ¿Feliz año nuevo? Si se empeñan.

Fernando Sanchez Drago

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