Un gin-tonic de media tarde

Tertulia

—La prueba más severa de que Dios no existe es el aparato digestivo –dijo una mujer a otra, en la mesa de al lado a aquella en la que suelo tomar el gin-tonic de media tarde.
Sorprendido por la utilización del adjetivo severa en una construcción gramatical de ese tipo, pegué el oído. La interlocutora respondió que si no existiera el aparato digestivo, tampoco existiría la caca.
—Y sin caca –añadió– no habría cultivos.
—¿Cómo que no habría cultivos?
—El mundo está poblado por millones de pájaros y millones de moscas y millones de ratas y de gatos y de linces y de hormigas…
—No sigas –cortó la atea–, ya sé que el mundo está lleno de seres.
—Y todos esos seres producen excrementos que van a parar a la tierra, como el agua de la lluvia, para alimentarla.
—¿Quieres decir que la tierra se alimenta de caca?
—De materia orgánica en descomposición. Los cadáveres producen también mucha riqueza alimenticia. Sin caca y sin cadáveres, no tendríamos productos vegetales, y sin productos vegetales, no tendríamos la carne de las vacas.
La mujer atea se quedó meditando unos segundos y luego dijo que las cosas estaban peor de lo que parecía.
—Yo –añadió– sólo había pensando en el aparato digestivo de los seres humanos.
—Los seres humanos –respondió la mujer creyente– nos hemos acostumbrado a canalizar la caca, y eso nos ha hecho perder de vista su importancia.
—Pues yo insisto en que seríamos mejores personas sin aparato digestivo.
—Y sin aparato pulmonar, puestos así.
—A mí el aparato pulmonar no me molesta. Me gusta el aliento de las personas, su respiración. Es cierto que algunas tienen halitosis, pero es una consecuencia del aparato digestivo. Si quitas el aparato digestivo, adiós a la halitosis.
—No sé qué decirte.
—Yo sí. El aparato digestivo es una basura.
En esto llegó el camarero, que aún no las había atendido, y pidieron dos tazas de chocolate y tortitas con nata. La que odiaba el aparato digestivo pidió que le pusiera mucho caramelo sobre la nata. A mí se me había aguado el gin-tonic y encargué otro.
—Si no tuviéramos aparato digestivo –apuntó la mujer creyente cuando desapareció el camarero–, no podríamos tomar tortitas con nata.
—Qué tontería, ¿por qué no? ¿Qué trabajo le costaba a Dios que pudiéramos comer sin producir residuos ni gases ni ardores de estómago?
—Es que lo que tú llamas residuos es, como te he demostrado antes, el motor de la vida. A lo mejor, lo más importante de los seres vivos es su caca, incluso su cadáver. No sería raro que el destino de los seres vivos en el mundo fuera el de producir caca.
—Pues vaya destino de mierda, y perdón por la redundancia.
—Un destino tan digno como cualquier otro.
—No me convences –sentenció la mujer atea.
—Ni trato de hacerlo –respondió la creyente sin agresividad alguna, como si ese fuera normalmente el tono de sus conversaciones.

En esto llegaron sus tortitas y mi gin-tonic y la conversación decayó. El primer trago del gin-tonic de media tarde es el mejor. Los otros sólo tratan de reproducir (inútilmente) la sensación que provoca el primero. El camarero me había traído también un plato con almendras saladas que fui enviando lentamente al fondo de mi aparato digestivo, la prueba más severa, me dije, de que Dios no existía.
Cuando habían consumido cada una la mitad de su plato de tortitas, la partidaria de la caca dijo:
—Por cierto, ¿has traído el hachís?
—Sí, pero muy poco. Creo que mi hijo se ha dado cuenta de que se lo quito.
—Tendríamos que empezar a comprarlo nosotras.
—¿Pero dónde?
—En las esquinas, creo.
Entonces entraron en la cafetería unas chicas jóvenes, procedentes de un instituto cercano y cambié de mesa, para escuchar algo nuevo.

Juan Jose Millas/interviú.es

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