Un emo cronico en el pais de los emos

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Los apachurrados crónicos, los anarquistas, los emos y los existencialistas hemos dejado de ser rarezas de tiendas exquisitas. Este México deprimido y desencantado nos ha convertido en baratijas: ya en cualquier esquina te topas un desfile de cabizbajos; todos los temas conducen a los pucheros, a los nudos en la garganta. A las quejas. Y no es que me junte con puro corazón de pollo. Es simplemente que la moral nacional no anda con sus mejores trapos.

Para colmo, me he enterado de cierta cábala ranchera que habla de una revolución para 2010. Se citan con mucha lógica las fechas: en 1810, la Independencia; en 1910, la Revolución. Y en esa dinámica, en 2010 nos tocará volver a las armas. Por supuesto que no desestimo el agotamiento, el hartazgo y la desesperanza. El país no marcha nada bien, el mundo agrega angustia y las revoluciones nacen en callejones sin salida, como diría un famoso dramaturgo del siglo XX. Pero, oiga, si la más respetable rabieta de una sociedad cansada se alienta en onomásticos o cumpleaños, estamos jodidos. Yo que soy un romántico, animaría a los jóvenes a que griten y protesten por el porvenir maltrecho. Es más, les pediría que por lo menos parpadeen porque está en su naturaleza hacerlo. Pero si fuera un chamaco, me debatiría entre dos sopas: o estaría muy asustado por lo que veo (futuro más negro), o sería uno más entre esos miles de jóvenes que se asolean felices en las playas del caldo anestésico de tachas, raves, ácidos, redes sociales, mensajes de celular, anfetaminas y audífonos. (Miles y miles. Y no los critico ni los denuncio; en esta vida ya no fui un moralino. Lo dicen las estadísticas: miles y miles se bañan a diario en las olas químicas. El problema es que cada vez son más y con más ganas.)

Me encantaría meterme la mano a la bolsa y sacarme dos, tres manuales revolucionarios y decir: “¡Vámonos, camaradas! ¡Que la memoria sea nuestro enemigo!”, y luego disparar las primeras balas (más temprano que tarde y sin reposo, Silvio Rodríguez dixit) a lo que se mueva (aunque lo primero que se mueva sea mi propia mano) y acabar con los traidores. Esos tienen la culpa. Para nuestra fortuna siempre hay varios. Nunca nosotros, claro. Estar dormidos no se considera traición.

Vivir anestesiados es una decisión personal, y no lo digo con sarcasmo. El asunto es que no ayuda en tiempos de desolación.

A esos que piensan que la fecha justifica un levantamiento, les digo: qué flojera. Me parece igual a la nueva fiebre por los récords Guinness. No le ganamos a nadie en nivel educativo, en tecnología, ciencia, desarrollo humano o combate a la pobreza; en afianzamiento democrático, crecimiento, repartición de la riqueza o uso racional de recursos. Pero tenemos el arbolito de Navidad más grande del mundo; organizamos el baile a la Michael Jackson más concurrido y prolongado del mundo; hacemos la pista de hielo más grande del mundo, o la pizza o el pan de muerto más largos del mundo. Igual a levantarnos en armas por una fecha o por una cábala. Los “logros” idiotas que se hacen para el Guinness exponen ante los ojos internacionales que tenemos al hombre más rico del planeta y a 40 millones de pobres; que tenemos al narco más influyente del mundo y 15 mil muertos por la guerra equivocada; que tenemos una democracia cara y políticos como tumores llenos de pus. Sólo por decir.

Napoleón decía que en las revoluciones se conoce sólo a dos tipos de personas: las que las hacen, y las que se benefician de ellas. El Artemio Cruz de Carlos Fuentes nos deja lecciones sobre este respecto, y de tantas me he guardado una: que al final de una revuelta social, los vivarachos harán su club de privilegiados para pisar a los demás. El siglo XX, vasto en levantamientos, nos dejó apuntes que no debemos olvidar. Uno es que las revoluciones suenan lindas. Otro, que los jodidos (y los terceros en el conflicto) ponen las cuotas de sangre. Y uno más: que las revueltas acaban fortaleciendo al Estado, fuente original de los males.

Así que, amigos, para su revolución de 2010 no cuenten conmigo. Para la de un año después, sí. O ya veremos. No crean que estoy tan contento con este país en el que hasta los apachurrados crónicos nos vemos como bailarinas de can-can.

Alejandro Paez Varela

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