Simone, niño y la fabrica de huesos

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Soy un hombre de hábitos. Sólo de esa manera podría funcionar una vida tan desordenada como la mía. Hábitos me levantan por la mañana cinco minutos antes de que suene el despertador; hábitos me llevan por la noche a la cama, o me conducen a la misma cantina, de preferencia a la misma mesa, a la misma silla, al mismo trago. Hábitos me llevan a los caldos de gallina y me hacen engordar con un ritmo de medio kilo al año. Mis hábitos me echan en cara quién soy y en quién me he convertido, y por ellos resucito cada vez que me doy por muerto.

Si me pidieran compararme con algo, sería una fábrica vieja. Una que funcione con motores de vapor. Sería un telar; una despepitadora de algodón o un torno. Fierro y vapor. Engranes, más fierros, leños, agua y carbón. Ritmo metódico de que las cosas se mueven y van. Y presión, mucha presión, de tantos caballos de fuerza que asustan al administrador de mi hipódromo. (Pobres caballos, pensaba de niño: quitarles la fuerza para jalar bandas o mover poleas. No sabía un carajo).

En la mañana, cuando despierto, me meto al baño sin siquiera despegar los ojos; abro la llave del agua y pongo la palma de la mano en espera de un chorro tibio. Salgo, tomo una bolsa de plástico y los perros me están esperando en la puerta. Esa escapada matinal a la calle permite a Simone y a Niño descansar de los banquetes que nos servimos de madrugada. A mí me deja medir el sol, la temperatura, el tono del cielo. Me deja saber si renací o si sigo deprimido. Por mis hábitos conozco que me gusta cuando me descubro deprimido, otra vez. Significa que el mundo no se arregló mientras dormía. Me hago la ilusión de un mundo que me necesita. Me da importancia. Esa pequeña caminata mañanera es como elevar el dedo ensalivado al aire, como lo hacían los apaches o los mohicanos. Casi siempre me trae noticias de nubarrones. Ese primer cariñito llevará la impronta del día.

Después de despertar, la fábrica vieja de hueso y piel se pone en marcha y mueve cosas. Las mismas cosas de ayer y de antier, las mueve. Soy Sísifo sin prisa: jalo y acomodo la silla; abro ejemplares de papel y los diez sitios web que reviso a diario; los recorro con un té y una pócima que me inventé: un poco de leche, avena cruda y papaya, con un molido perfecto que convierte el amasijo en una nata espesa que se niega a salir del vaso. Ése es el carbón de mis motores, digo. Me lo apuro. Con ese carbón y el vapor que anima mis músculos voy descubriendo el día, que no es diferente a otro y aún así está lleno de sorpresas. Los pobres de ayer ahora son más pobres; los políticos de ayer ahora son más ladrones e inmorales; los gobernantes de ayer se ceban más en su poder temporal y salpican, soberbios, con la baba que (no lo saben) los hace caer. Las iglesias de ayer predican hoy a un dios que no deja de darme miedo. Igual que ayer. Lo mismo, aunque más intenso.

Las rutinas del mundo me permiten conservar mis hábitos. Así regreso a casa, con esas noticias. Así me acerco a los perros de noche y los acaricio. Así abro el último libro y enciendo la televisión. Así me pongo a roncar. Y así espero que el día siguiente me salve de mí mismo, y de mis hábitos.

Hombres de hábitos. Los hábitos nos hacen funcionar. Este dormir roncando y nuestros huesos, fierros de fábrica vieja; este vapor que se esfuma en cuando mueve nuestros músculos; este traquetear los engranes de la vida se los debemos a los hábitos. Los hábitos mantienen nuestro mundo: un mundo que nos impone sus malos hábitos.

Alejandro Paez/eluniversal.com.mx

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