Si vis pacem

si vis pacem para bellum
si vis pacem para bellum

Cuando leí que alguien había tenido la puntada de proponer a Obama como premio Nobel de la Paz, sonreí divertido. Después, con el aire superior del sagaz y malicioso, creí adivinar la estratagema que se escondía detrás de tan descabellada propuesta.

Eso es, me dije, le están dando pie a Obama para rechazarlo de antemano y quedar como un señor. Según mi astuto guión, debía declarar algo del estilo: “Agradezco infinitamente el gesto de la gente bienintencionada que me propone para tan noble galardón. Para mí sería un gran honor. Pero debo declinar, puesto que aún no reúno los méritos necesarios para merecerlo. Mi gobierno apenas se inicia y pocos de mis proyectos se han visto realizados del todo. Y el Premio Nobel no se concede con base en intenciones. Espero que un día no muy lejano, al final de mi mandato, sea yo digno de recibir tan honrosa distinción”.

De poca madre. Hubiera sido una jugada magistral. Pero no. Ahi va el baboso. Que se calla y que se lo dan. Y pierde la gran oportunidad. Bien satisfecho, erguido y elegante se plantó frente a los parlamentarios bacalao. Cosa que para un mulato nacido en Hawai y criado en Indonesia debe haber sido harto emocionante. Aunque uno esperaría del primer mandatario de la nación más poderosa de la Tierra actitudes menos infantiles y fatuas.

El mismísimo Alfred Nobel estipula con detalle los requisitos que debe reunir el galardonado con el Premio de la Paz, cosa que no hace con los otros. Dice textualmente: “La quinta parte de los intereses que devengue anualmente mi fortuna irán a la persona que haya trabajado más y mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz”.

Así merito lo escrituró el buen Alfred, que ahorita mismo debe andar dando vueltas como rehilete en su tumba, preguntándose cuál de esas condiciones cumple el tal Barack Hussein. Es cierto que ha hecho pocas cosas, y a lo mejor por eso se apresuraron a darle el premio ahora, pues cuando haya hecho más ya no habrá manera. Reconozcamos que la inactividad de un presidente gringo es siempre un factor de paz. En cuanto deciden cosas hacen daño.

La broma, sin embargo, no deja de ser sanguinaria. Nunca mejor dicho. La premiación coincide con el envío de 30 mil soldados más a Afganistán. A seguir luchando por la paz y la fraternidad entre naciones. Aunque ya no sepamos si el enemigo es Al-Qaeda o los talibán o los fantasmas. Y el flamante Nobel de la Paz declara, hace apenas un par de meses, que siempre no cumpliría su promesa de desmantelar las mazmorras de Guantánamo. Quesque no hay condiciones. Para lo que sí las hay, parece, es para instalar 7 (siete) bases militares en Colombia. Debe ser aquello de la “reducción de los ejércitos existentes”… sobre todo si son enemigos, claro.

La culpa del Nobel abyecto, a final de cuentas, no recae sobre Obama. Él qué. A él se lo dan. Hay que pensar y denunciar en primer lugar a quien se lo da. Y es que eso de “Parlamento noruego” suena bien, lo que sea de cada quien. Pero no nos hagamos bolas. Serán muy noruegos ellos, pero no dejan de ser parlamento. Y son tan miserables y deplorables como todos los parlamentos del mundo. Una extraña combinación de hipocresía y cinismo, no menores que los del laureado.

Ya es larga su historia de aberraciones. Han recibido su premiecito de marras no pocos señores de la guerra: Sadat, Begin o el mismísimo Kissinger, traidores infames como Gorbachov o las irlandesas Betty Williams y Mairead Corrigan. Con Churchill de plano no se atrevieron y le dieron el de Literatura (¡!).

No nos dejemos confundir por los latinajos ni por la demagogia infame, por muy Nobel que sea. Si vis pacem para pacem.

marcelino Perello/excelsior.com

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