Otra guerra

franelera
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En las crónicas de Ángel de Campo aparece la Ciudad de México ruidosa y agitada, colorida, señorial y provinciana, atravesada por vendedores de tamales y gelatinas, pajareros, cargadores en espera de un trabajo. Es una ciudad en la que todo sucede en la calle, una ciudad de cientos de voces: “¿Limpiamos el calzado? ¡Un paragüitas de seda! ¡Requesón y helado! ¡El Mundo! ¡Favor de dispensarme una palabra, caballero… no he comido! ¿El coche, amo? ¡Cepillos para la ropa, que dondequiera valen cuatro reales, a dos reales! ¿Compra usted un perro? ¡Las últimas tablas del sistema métrico! ¡El calendario de Galván para el año entrante! ¡En medio el racimo de platanitos, chaparrita! ¡Coco fresco y centavos de piña! ¡El último que me queda para esta tarde!”

Es una ciudad de prohibiciones imposibles: Se prohíbe anunciar, Se prohíbe orinar y echar basura, Se prohíbe pasar con perros sueltos, Se prohíbe cortar flores. Una ciudad en que se pelean las esquinas, porque “quien ha conquistado la esquina… conquista ya toda la calle, la manzana, la ciudad…” Es una ciudad que se parece mucho a ésta, como si fuese la misma. Una ciudad que no les gustaba nada a los urbanistas del porfiriato, porque era insalubre y primitiva. Como ésta, plagada de tianguis y franeleros, vendedores ambulantes, taqueros, músicos y mendigos, y que tampoco les gusta a nuestras élites.

Leo que de enero a diciembre de este año, en el Distrito Federal, han sido “remitidos al juzgado cívico” hasta cuatro mil trescientos franeleros. Más de la mitad ha sufrido un arresto de 12 horas, los demás han pagado una multa de unos mil pesos por “cobrar a los automovilistas que estacionan sus vehículos en la vía pública”. Es información de la Consejería Jurídica y de Asuntos Legales del Gobierno del DF. Así debe ser, según la Ley de Cultura Cívica de la ciudad, aprobada en 2004, que prohíbe igualmente los grafiti, los ruidos excesivos, el acceso de menores a bares y centros nocturnos, pasear perros sin correa y un admirable etcétera que haría de la ciudad de México una ciudad europea si las ciudades europeas fuesen así.

El anuncio me resulta ofensivo. No sé si se les castiga por “prestar un servicio sin que sea solicitado” o por “impedir el uso de bienes del dominio público”. Me da lo mismo. No dice el boletín que nadie haya sido castigado por poner una caseta y una barrera para impedir el acceso a una calle, y es de todos los días, en todos los barrios residenciales de la ciudad. Lo verdaderamente trágico es que en el caso de los franeleros la sanción sólo procede “por queja previa”: cuatro mil ciudadanos han pedido a la policía que los castigue por ganarse la vida así. Y nuestro gobierno, que por algo es de izquierda, pone manos a la obra. Progresamos.

Fernando Escalante/razon.com.mx

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