Navidad

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SITUÓ la Iglesia, con habilidad, sus fiestas importantes a la llegada de las estaciones: de la primavera, la Semana Santa; del verano, los sanjuanes; del otoño, los arcángeles; del invierno, la Navidad, cuando el frío reunía en el corazón de la casa los corazones familiares. Pero el tiempo y la tecnología no transcurren en vano. Quizá ya no sean estos días para felices, sino para quienes tienen en carne viva el alma. Reflexionémoslo. Acaso se inventó la Navidad para los marginados, para los agredidos, para los inmigrantes, los parados, los que tienen hambre y sed de justicia y no son admitidos en el calor de la Posada. Acaso estos días se reservaron para los desprovistos, para quienes -a los ojos de los satisfechos- no sirven sino para el escarnio, el desdén o la risa… Si fuese cierto que en ella nació alguien que sólo habló de amor, de perdón y solidaridad; que nació para compartir, ¿cómo hacer de eso una fiesta privada? ¿Cómo transformarla en un secreto gozo, un burladero, un antifaz, una mordaza? La Navidad nos atañería a todos como símbolo de la única esperanza. Reducirla a una celebración de misa y olla, en el mejor de los casos, sería un contradiós.

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