Las nieves de antaño

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«¿Dónde están las nieves de antaño?», se preguntaba el poeta francés François Villon hace seis siglos. No quiero escribir sobre el cambio climático, que me parece un arcano, sino de la sensación de añoranza que siempre nos produce la nieve.

Al igual que sucede cuando se contempla el mar, hay algo atávico en nuestro inconsciente que nos liga a la nieve. El blanco elemento nos retrotrae tal vez a las edades prehistóricas, cuando el hombre sobrevivía en cavernas para protegerse de un frío polar.

Nacido en el norte de la provincia de Burgos, yo he pasado mucho frío en mi infancia. La escuela estaba helada, las casas no tenían calefacción central y las corrientes de aire gélido del río Ebro dejaban tieso a más de uno.

Como dice el maestro Villon, entonces -hace más de 40 años- nevaba mucho más. Eran frecuentes precipitaciones que alcanzaban el medio metro de altura mientras el termómetro descendía a más de diez grados bajo cero.

Recuerdo que iba con frecuencia a Ozana, un pueblo en la altiplanicie del Condado de Treviño, donde no era raro quedarse aislado por la ventisca y el hielo. Un fin de semana, que no podíamos salir de casa porque la nieve llegaba hasta el alféizar de la ventana, se reunió toda la familia del amigo -tocayo de nombre y primer apellido- que me había invitado.

Había una enorme mesa de madera en forma de L, donde comieron tres generaciones, formadas por más de 20 personas. Don Gerardo, el pater familias, con un reloj en su chaleco oscuro, imponía con su formidable presencia. Creo que aquel ágape duró cuatro o cinco horas y se sirvieron media docena de platos. Por la noche, el ama nos llevó unos ladrillos calientes para atemperar la gelidez de las sábanas. Pocas veces he dormido como en aquel pueblo.

Cuando nevaba en Miranda, los niños salíamos a la calle para pelearnos con los del barrio de al lado. No eran pugnas incruentas, ya que metíamos piedras dentro de las bolas de nieve. Más de uno volvía a su casa con un buen chichón.

El rito más tradicional que conllevaba la aparición de la nieve era mear encima de una tapia para ver quién llegaba más lejos. Yo, que tenía siete u ocho años, era siempre de los últimos.

La nieve siempre será la nieve y tendrá sus encantos para cada generación. Freud la asocia al instinto de muerte, mientras que el gran novelista japonés Mishima juega con el simbolismo de su pureza. Los dos aciertan porque en ella está el comienzo y el fin de todas las cosas. La nieve es un vestigio de la infancia que pone ante nuestros ojos la precariedad del tiempo.

Pedro G. Cuartango/elmundo.es

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