La ciudad de ayer

Para un caluroso diciembre
Además del intercambio de regalos y los brindis, muchas despedidas entre oficinistas tenían durante diciembre un escenario más privado: los hoteles de paso que comenzaron a multiplicarse desde mediados de los años 60
La ciudad de ayer
PRIVACIDAD. Los establecimientos cuidaban lo más posible el anonimato del cliente (Foto: Archivo EL UNIVERSAL)
Como a eso de las 2:30 de la tarde, hora del receso de la mayoría de los oficinistas, daba qué pensar que la mayoría de los hoteles estuvieran ocupadosAdemás del intercambio de regalos y los brindis, muchas despedidas entre oficinistas tenían durante diciembre un escenario más privado: los hoteles de paso que comenzaron a multiplicarse desde mediados de los años 60.

Entrados en la sicodelia de esos años, muchas parejas a las cuales Cupido había sorprendido en medio de un escritorio colmado de notas, expedientes e informes por llenar, comenzaron a cambiar sus horas de comida por la pasión desbordada en algún cercano nidito de amor con taxímetro.

Como a eso de las 2:30 de la tarde, hora del receso de la mayoría de los oficinistas, daba qué pensar que la mayoría de los hoteles cercanos a las áreas principales de trabajo de la ciudad, estuvieran completamente ocupados.

Lo malo de aquella rutina era que se prestaba a situaciones embarazosas, como la de encontrarse en el vestíbulo al jefe de área con la secretaria que presumía de mantener la vela perpetua, o al gerente gandalla con la vendedora estrella que tenía mucho “talento” para llegar a supervisora.

Mientras tanto, los dueños y encargados de hoteles confesaban en 1969 que hasta 40 parejas de oficinistas los visitaban diariamente a la hora de la comida y abandonaban las instalaciones a más tardar a las 4:30 pm, generando ganancias de hasta 12 mil pesos, de aquéllos, en menos de dos horas.

Antes del auge calenturiento de los hoteles de Tlalpan, en la Juárez, la Roma y la Doctores, aparecieron establecimientos que cuidaban lo más posible el anonimato del cliente.

Algunos contaban con grandes estacionamientos subterráneos, desde donde se podía acceder directamente por elevador a los cuartos, otros instalaban junto a las escaleras una salita de espera (más tarde llamada albureramente “la parada de las concubinas”), donde “la invitada” aguardaba a salvo de las miradas, mientras su compañero arreglaba los trámites de ingreso, aunque eso sí, de la tradición del libro de registro no se perdonaba a nadie.

En un sondeo en los viejos libros de registro de varios hoteles de paso realizado en los años 70, mostraba los nombres más insólitos dejados por los clientes durante diciembre para salvaguardar su anonimato. Entre los más originales destacan: “Juan Diego iluminado”, “El que te sobas”, “El tigre pintito”, “El cura de Paragaricutirimícuaro”, “Margarito López Portillo”, “Uruchurtu el travieso”, “Pepe balatas, el azote de las gatas” y “Santa Claus el colorado”, ¡cuánta creatividad navideña!

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