Identidades perversas

religionesUNA DE LAS grandes conquistas intelectuales de la civilización europea es la separación del ámbito religioso de la actividad política. Esa autonomía de las dos esferas implica que todos los ciudadanos tienen los mismos derechos y obligaciones al margen de cuáles sean sus creencias religiosas. Dicho con otras palabras, la fe forma parte de la vida privada de los ciudadanos, aunque luego tenga consecuencias en las actitudes personales y en el voto.

Como señalaba Arcadi Espada la semana pasada en estas páginas, la religión musulmana no sólo no respeta la autonomía de la política, sino que, además, pretende imponerse incluso a los no creyentes. De ahí que sus símbolos políticos sean también religiosos, lo que no sucede en Occidente.

El gran invento de nuestra cultura es la noción de conciencia, por la cual cada individuo puede decidir lo que está bien y lo que está mal. La Iglesia católica reconoce la libertad de conciencia, aunque establece unas limitaciones para los creyentes.

La laicidad que impera en los Estados democráticos se basa en esta piedra angular que es la libertad de conciencia, por la cual ningún individuo puede imponer a otro sus convicciones.

En el mundo en el que vivimos, no sólo el Islam no acepta la libertad de conciencia, sino que, además, persisten multiples ideologías totalitarias de diverso signo, que anteponen una Weltanschaung -una visión del mundo- a la autonomía personal para decidir.

Una variante del totalitarismo y del integrismo religioso es el nacionalismo, que se caracteriza por la imposición de una identidad a los individuos. Esa identidad -sea étnica, histórica, lingüística o religiosa- es esencialmente excluyente, sirve para generar divisiones y para enfrentar unos individuos a otros.

Ya hemos visto las trágicas consecuencias del nacionalismo en las guerras de los Balcanes en los años 90. Yo mismo estuve en Bosnia, donde pude constatar el tremendo daño del fanatismo de serbios, croatas y musulmanes.

«Empecé a odiar a mis vecinos cuando Milosevic nos arengaba sobre la pureza de la raza serbia e instigaba la venganza contra los musulmanes y los croatas. Los políticos tuvieron la culpa», me comentó un anciano en un pueblo semidestruido, cerca de Mostar.

Al igual que el Islam, el nacionalismo tiene un componente místico y religioso por el que se intenta persuadir a un grupo de individuos de que hay unos vínculos que los hacen distintos a los demás. Quien no asume esa pauta, queda excluido de la comunidad nacional.

No faltará quien alegue que existen muchas personas que son nacionalistas y respetan las reglas de juego democrático. Es cierto, pero la esencia filosófica del nacionalismo es básicamente perversa, porque parte de la primacía de los valores colectivos sobre la elección individual. Eso se llama totalitarismo.

Pedro G. Cuartango

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