Hermano toro

Sevilla1

(EPÍSTOLA MORAL dirigida a quienes mañana, miércoles, en Cataluña, prohibirán o no lo que ustedes saben).

Así -fratello- lo habría llamado Francisco de Asís. Así lo llamo yo.

Alguien, en nombre del amor a los animales, el anima mundi, el buen corazón y el sentido común, tendría que poner freno a la campaña de quienes odian a los toros tanto como para desear su muerte.

¿Cómo es posible que haya gente tan malvada, tan insensible y tan inmisericorde?

Pues la hay, y son, según las encuestas, muchos. Dos de cada tres españoles -dicen- militan en la tropa de quienes quieren condenar a los toros a la pena capital.

Puede ser que esa proporción esté maquiavélicamente inflada por los agitadores del movimiento tauricida infiltrados en los medios de información y en los institutos de opinión, pero aun así�

Existe también una quinta columna, llegada de fuera, que organiza griteríos callejeros de apoyo a la hecatombe y recaba la colaboración de organismos internacionales que desprecian cuanto ignoran.

¿Qué hacen los políticos? ¿Por qué no atajan la conjura? ¿Por qué consienten o, incluso, en determinadas regiones del país, alientan y financian con dinero público a los tauricidas? ¿No tienen nada que decir al respecto la Sociedad Protectora de Animales y otros grupos afines? ¿Y los jueces? ¿Acaso no existe, tipificado ya en el código penal, el delito de ecocidio?

El último uro murió en los bosques de Polonia a mediados de los años treinta del siglo anterior a éste. Carecía de utilidad doméstica. Su conservación era demasiado onerosa para la sociedad.

¿Debemos permitir que el toro bravo, descendiente del uro y animal de extraordinaria belleza y nobleza, pero imposible de domesticar y de explotar, como su antecesor zoológico, y de carísimo mantenimiento, corra la misma suerte?

Con él, de paso, desaparecería el prodigioso ecosistema -las dehesas, santuario del agua, el viento, el bosque, el matorral, la hierba, las aves, los insectos y buena parte de cuanto natura ha creado- donde el toro de lidia vive, mejor de como lo hace cualquier otro animal, hasta que le llega la hora de rendir el alma.

¿El alma? Sí, porque estoy convencido de que la tiene.

Reaccionemos, por favor, antes de que sea demasiado tarde. Salgamos a la calle. Recojamos firmas. Acudamos a los tribunales. Paremos los pies a los antitaurinos. Si la corrida desaparece, el hermano toro se extinguirá.

Fernando Sanchez Drago

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