Fantasmagosfera

alien

Ningún Alien nos asustó más que aquel de la primera película de la serie. Todavía me acuerdo la atmósfera del cine, los alientos contenidos, las caras de espanto que reflejaban el de la misma Teniente Ripley, devenida heroína gracias a la sola suerte de ser la última sobreviviente, la que logró expulsar al monstruo de la nave.

Pero, sobre todo, la que pudo verle la cara, ponerle nombre, saber a ciencia cierta a qué amenaza se enfrentaba.

Una vez conocido el rival, una vez que lo miramos frente a frente, ya nunca nada fue lo mismo. Ni la lucha, ni siquiera la eficacia de la película. Después de aterrorizarnos la adolescencia apoyado en todo lo que sugiere lo que no se ve, cuando Alien por fin tuvo su cara, se volvió poco más que una caricatura de sí mismo, algo que, creemos o queremos creer, podemos manejar, digerir y, sobre todo, combatir.

Para domesticar a los monstruos el hombre necesita definirlos y catalogarlos. Un atentado no alcanza entidad de tal hasta que alguien lo reivindique. Toda enfermedad precisa de un diagnóstico acertado. Una vez que le ponemos nombre al especimen -y mucho mejor si le podemos poner siempre el mismo-, podemos dormir tranquilos. Porque no es lo mismo un Casper que una presencia indeterminada debajo de una sábana. No es lo mismo un usuario anónimo que otro que acredite su identidad. Y esto lo sabe hasta el último de los ególatras que, a la hora de las travesuras, elige una máscara que lo anonimice, aún conciente de que su propio ego no le permitirá permanecer en las sombras sin poder adjudicarse las mieles de la hazaña.

Bienvenidos a la Fantasmagósfera.

rodrigofresan.blogspot.com

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