El estigma o el desempleo

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TE DESDIBUJAS. Poco a poco. Te despides de ti y de los demás. Como si no estuvieras. Incapaz de definirte fuera de las fronteras entre las que te has movido hasta hoy. Ya no eres tú. Eres otro más triste, introvertido, incapaz de defenderse, de defenderte, de reírse a carcajadas, de respirar hondo, de hacer planes, de pensar en otra cosa, de valorar lo que tiene. Incapaz, en general. Porque no es que el trabajo dignifique, es que te sitúa en un rincón del mundo que reconoces como tuyo, donde eres, entre otras cosas, menos vulnerable. Tienes 50 años, y sales caro. Porque hay otros 100 con tu misma cualificación, sin experiencia y con muchas ganas, que cuestan la mitad. Por eso te vas, porque todo tu esfuerzo, tu entrega, las miles de horas extra, forman ya parte de un pasado que no interesa a nada ni a nadie. Ahora, menos es más.

Cada uno de esos desempleados se ha enamorado alguna vez. Tiene nombre, apellidos, más o menos recuerdos, y algún sueño guardado en la cartera. El trabajo refuerza la estabilidad emocional y paga las facturas. Sin él, casi todo se tambalea. La angustia y la ansiedad aparecen incluso antes de su ausencia. Porque un hombre desocupado lleva un estigma muy amargo en una sociedad hiperactiva, que se avergüenza del silencio, que vulnera sin justificaciones el ritmo del tiempo, que necesita correr siempre por delante de él. Un contexto que empuja a los ancianos porque entorpecen nuestra supuesta lucidez. Que se ríe impunemente de cualquier cosa. ¿De qué se ríen ustedes, señoras y señores, en el Congreso, ante los medios de comunicación, entre sus comisiones y sus pugnas sobre crucifijos y corrupción? ¿De qué se ríen? Controlen su sonrisa si no quieren herir a quien llora de rabia y no encuentra su respuesta por ningún lado. Rían en sus casas. Porque la risa pública puede clavarse en las entrañas de quien pierde su única vivienda, de quien cierra su empresa, de quien padece la impotencia de su propio fracaso, de quien no sabe cómo explicarle a sus hijos que esta Navidad, no habrá regalos. Disimulen. Que hay tiempo para todo. Guarden el entusiasmo para la intimidad, antes de que sea demasiado tarde.

La vida de nadie, o aquella película de Eduard Cortés basada en un caso real, la historia de un hombre que durante años mintió a su familia: inventó un trabajo que no existía, una ocupación falsa que le definía, ante el terror a decepcionar. Se descubrió el engaño y no lo pudo soportar. Mató a su mujer y a sus hijos.

Cayetana Guillen/elmundo.es

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