Diciembre chilango

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Vivir en la Ciudad de México resulta asfixiante. Todo es a lo grande. Las distancias son enormes, el tráfico es demencial, los aguaceros son torrenciales y uno no termina de acostumbrarse a vivir en un lugar con vocación sísmica. El pandillerismo, el atraco, las grúas (que operan hasta los domingos), los valet parking, los ‘viene viene’ que se adueñan de las calles… En fin, que la ciudad tiene muchas y muy variadas calamidades.

Sin embargo, a mí me gusta vivir en esta ciudad. Soy chilango, hombre de asfalto. Me gustan sus opciones, las facilidades que ofrece de ir a uno u otro lado. Es una ciudad dinámica, en la que pasan cosas todos los días. Aterrizar de noche en la Ciudad de México será siempre un espectáculo, es una aproximación a lo enorme, es la idea de que uno es devorado por ese monstruo de millones de luces, y es que, claro, hemos de ser los únicos con un aeropuerto en medio de la ciudad. Y es ahí donde comienza para muchos el intento de conocer, de descifrar la magnitud y los sinsentidos que sólo entendemos y propiciamos los propios chilangos en nuestro propio caos.

Me gusta vivir en esta ciudad. Es una de las cosas más divertidas que hay. Las calles son una feria donde puede pasar todo: que te asalten, ver a una mujer pateando un coche e insultando al conductor, un tragafuego pintado de plateado, un payaso cargando a un niño con un máscara de Salinas, vendedores que lo mismo te ofrecen un paraguas que una cajota de cerillos. Gente corriendo, parejas de la mano que atraviesan avenidas preocupados o compungidos. O felices. Y nuestro tonito, el cantadito chilango con toda su variedad de palabrejas, motes, albures y esa elasticidad que le damos a las palabras para darles otro significado, otro contenido.

Me gusta la ciudad y he padecido más de diez años de gobiernos perredistas. Pero he de decir que en este último gobierno se han llevado a cabo algunas actividades que celebro. En este espacio he criticado a Marcelo Ebrard por muchas cosas: que si cocina galletitas en la tele, que si es co-conductor de programas de espectáculo, que si está a la espera de lo que le ordene El Peje, que si le dicen Matute. Por alguna u otra razón, Ebrard aparece en esta columna de vez en cuando.

Festejo algunas acciones de gobierno porque, independientemente del partido al que pertenezca el gobernante, o yo, en nada desmerece reconocer lo que se hace bien. Fue el caso cuando sacó a los vendedores ambulantes del centro y pudimos apreciar, por primera vez en décadas, cómo eran ciertas calles de la ciudad. Al margen de la vocación que tiene por el gigantismo el jefe de Gobierno, hay que decir que la pista de hielo le da grandes momentos de felicidad a miles y miles de chilangos que estaban condenados a pasar diciembre sin gozar las plazas públicas; las exposiciones en el Zócalo llevan arte y fantasía a quienes de otra manera no se pararían en un museo. Los domingos se cierran calles de la ciudad y la gente sale sola, en pareja, en familia o en grupos de amigos andan en bicicleta o patines y dan una vuelta por lo que en otros días puede ser su infierno. No se trata de políticas públicas de fondo, pero sí de un esfuerzo por acercar la ciudad a sus habitantes y hacernos la vida un poco más ligera. Eso, se agradece.

Juan I. Zavala/mileniodiario

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