Como whisky en un “speakeasy”

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NO SÓLO las figuras pueden levantar un ambiente taurino mortecino. También las prohibiciones: se existe con más pasión contra un impedimento oficial, contra una corriente de opinión castigadora. Igual que las tetas de Perpiñán se volvían más eróticas por su carácter clandestino, igual que el whisky de speakeasy sabía mejor que el legal, igual que la oración de catacumba era más honda que la de catedral, una corrida de toros en Cataluña, mientras las haya, tendrá algo de la que carecerá otra en Sevilla: cierto aroma a resistencia.

José Tomás toreaba en Barcelona como si a él y su cuadrilla los hubiera transportado el puente aéreo al otro lado del telón de acero para alterar apenas el aforismo berlinés de Kennedy: «Ich bin ein taurino». Era una misión evangelizadora, como si el torero quisiera aliviar la soledad de la Masada no nacionalista, que dio las últimas grandes tardes de aquella plaza. No importaba siquiera que las orejas fueran más o menos baratas, que nadie quisiera arruinar el triunfo ya previsto. Ahí se iba a otra cosa, en la que importaba más la agitación cultural que la valoración técnica propia de una tarde de toros rutinaria.

Lo que siempre intentó José Tomás, ha terminado de lograrlo la reacción a la prohibición. Lo de menos es la reflexión política, pues no es novedosa y acontece en la plaza de toros como antes en el lenguaje. Tampoco importa la constatación de que prevalece un complejo heredado de la leyenda negra fabricada contra la hegemonía española por la Apología de Guillermo de Orange. Aún se cree que un concepto superficial de la Ilustración es el antídoto contra España, oscura y bárbara por definición, resumida toda su barbarie y su oscuridad en el matador de toros, quien carga aún sin merecerlo con revanchas históricas que le quieren hacer pagar por todo, desde Breda a la Inquisición. Pero no. Lo realmente notable es que la prohibición ha obligado al mundo taurino a volver a contemplarse desde todas sus grandezas culturales, en la voz y los versos de quienes cantaron la tauromaquia. Y así, de alguna forma, ha vuelto a descubrirse más allá de todas sus decadencias cotidianas, empezando por la del toro, y además con una enérgica aureola de causa que le concede un brillo que no tenía. Quién nos habría dicho que acabaríamos yendo a la plaza a defender la libertad, igual que Cataluña presume de haberlo hecho, en el Camp Nou, durante el franquismo.

En sus memorias de ultratumba, Chateaubriand se declara fascinado por el regreso apasionado de la que fue religión oficial, el cristianismo, como respuesta a los crímenes de la Revolución y a todas las aboliciones espirituales. Un imprevisto catalizador de disidencias. Como los toros en Cataluña.

David Gistau/elmundo.es

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